En el mundo hemos tenido varios dictadores cuyos gobiernos fueron responsables de graves violaciones a los derechos humanos. Y al ver el legado de sus vidas, suele ser evidente que su principal motivación no era el bienestar del país, sino la acumulación de poder y control, incluso a costa de cometer crímenes de lesa humanidad. Algunos de estos líderes llegaron a instrumentalizar la fe, haciendo oraciones a Dios que carecían de fervor, y que tenían la clara intención de ganar la aprobación popular y justificar sus acciones. Se poseen registros históricos que confirman cómo estas personas usaron el nombre de Dios para respaldar su agenda política.
Ciertamente, el Señor Jesús advirtió sobre esta actitud cuando enseñó a Sus discípulos: “Cuando ustedes oren, no sean como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres” (Mt 6:5).
Este ejemplo demuestra que la oración es mucho más que una técnica; es un reflejo de nuestros deseos más profundos. Cuando alguien clama al cielo, ya sea en público o en privado, revela lo que verdaderamente anhela en el silencio de su corazón, donde solo Dios puede ver. Por ello, antes de preguntarnos “¿cómo debemos orar?”, es crucial responder a una pregunta más fundamental: “¿Qué es lo que deseamos?”. Nuestras peticiones serán un eco de nuestros anhelos.

Estoy convencido de que para transformar nuestras oraciones primero deben cambiar nuestros deseos. Pero ¿cómo podemos discernir qué anhelos honran a Dios y dan lugar a peticiones que le agradan? Gratamente, tenemos una ventana directa al corazón del Salvador en Su oración sacerdotal de Juan 17. Más que un modelo para imitar o una lista de peticiones para copiar, en ella encontramos los anhelos más elevados de nuestro Señor. Un análisis de estos nos desafiará a confrontar nuestros propios deseos y, con la ayuda del Espíritu, a aspirar a cosas superiores.

El anhelo supremo de Cristo
Aunque el término “sacerdocio” no aparece en Juan 17, este pasaje es conocido como la “oración sacerdotal de Jesús”. La razón es clara: Jesús intercede por Sus discípulos, aquellos que el Padre le confió. A las puertas de Su muerte, pide al Padre que los ampare, ahora que Él ya no estará físicamente para cuidarlos y guiarlos. El profundo amor de Jesús por los Suyos es evidente, y es natural pensar que Su mayor deseo es el bienestar de ellos.
Sin embargo, el corazón de esta oración revela un anhelo todavía más profundo. Al iniciar su ruego, Jesús no se enfoca en su relación con los discípulos, sino en su vínculo eterno con el Padre. Sus primeras palabras no evocan eventos terrenales, sino la gloria que compartían antes de la creación: “Yo te he glorificado en la tierra, y he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Ahora pues, Padre, glorifícame en Tu presencia con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera” (Jn 17:4-5).

La misión de Jesús era glorificar al Padre mediante Su muerte y resurrección. Su obra en la cruz no solo compró el perdón para un pueblo que lo adoraría eternamente, sino que también manifestó el carácter de Dios: Su amor, al entregar a Su propio Hijo; Su misericordia, al bendecir a pecadores; y Su justicia, al no pasar por alto el pecado, sino proveer el pago por él. Romanos 3:25-26 lo resume magistralmente: Dios demostró “Su justicia, para que Él sea el justo y, a la vez, el que justifica a los que tienen fe en Jesús”.
Así como Jesús glorificó al Padre, ahora pide que el Padre lo glorifique a Él, devolviéndolo a esa comunión perfecta que los teólogos llaman pericóresis: la danza eterna y gloriosa entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es un estado de compenetración, gozo y deleite mutuos que existe desde siempre y para siempre.
Entonces, ¿cuál es el máximo deseo de Cristo? La gloria del Padre y Su propia gloria en unidad con Él. Esta verdad confronta directamente la teología de la prosperidad, tan popular hoy, que sugiere que el principal interés de Dios es conceder nuestros caprichos. Por el contrario, el resto de la oración se centra en que los discípulos, de una forma u otra, participen en dar gloria a Cristo. Así, nuestro propósito fundamental no es simplemente alcanzar bienestar, sino exaltar al Padre y al Hijo. Eso, y no otra cosa, es lo que Jesús pide por nosotros.

Cuatro peticiones que glorifican al Hijo
Analizar la oración sacerdotal de Jesús en su totalidad es una tarea monumental, pero podemos asomarnos por esta ventana al corazón del Salvador para observar los anhelos que Él tiene para Su pueblo. Estas no son simples peticiones; son las grandes ambiciones divinas para nosotros, los pilares de una vida que le da gloria. Al explorarlas, debemos hacernos esta pregunta: ¿se parecen nuestras oraciones a las Suyas? ¿Anhelamos para nosotros mismos lo que Cristo anhela para nosotros?
1. “Que te conozcan a Ti”
Cuando Jesús define la vida eterna, no habla de calles de oro ni de una existencia sin fin, sino de una relación profunda y personal: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn 17:3). El verbo “conocer” aquí no se refiere a un saber intelectual, sino a una intimidad relacional y transformadora. Es la diferencia entre saber datos sobre un rey y ser el hijo amado del Rey.
Glorificamos a Cristo cuando hacemos de este conocimiento el norte de nuestra existencia. Su misión principal fue revelar al Padre, como Él mismo dice: “He manifestado Tu nombre a los hombres que del mundo me diste” (Jn 17:6). Por tanto, cada vez que abrimos Su Palabra, buscamos Su rostro en oración o nos maravillamos de Su obra, estamos validando el éxito de Su misión. Demostramos que la revelación de Dios en Cristo es el mayor tesoro que un ser humano puede poseer, infinitamente más valioso que la riqueza, el éxito o el reconocimiento que el mundo ofrece.

2. “Santifícalos”
Jesús es plenamente consciente de la realidad de nuestro peregrinaje. No pide que seamos extraídos del mundo, sino que seamos protegidos dentro de él: “No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno” (Jn 17:15). Su solución no es el aislamiento, sino la consagración por medio de la verdad. Su petición es específica y poderosa: “Santifícalos en Tu verdad; Tu palabra es verdad” (Jn 17:17).
“Santificar” significa ser apartado del uso común y dedicado a un propósito sagrado. La Palabra de Dios es el agente que nos limpia, nos moldea y nos distingue del mundo. Nos enseña a pensar como Cristo, a amar como Cristo y a vivir como Cristo. Cuando, por el poder de Su Espíritu, vivimos con integridad, pureza y amor en medio de una cultura que a menudo valora lo contrario, nos convertimos en un reflejo del carácter santo de Dios. Esta vida apartada no es para nuestra propia gloria, sino para la Suya.
3. “Que sean uno”
El anhelo de Cristo por la unidad de Su iglesia es tan radical que lo eleva al estándar más alto que existe: la unidad perfecta y eterna de la Trinidad. “La gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como Nosotros somos uno: Yo en ellos, y Tú en Mí, para que sean perfeccionados en unidad…” (Jn 17:22-23). Esta no es una simple tolerancia o un acuerdo denominacional; es una comunión sobrenatural de corazones, mentes y propósitos, forjada por el Espíritu Santo.
Jesús revela que esta unidad tiene un propósito misional explosivo: “…para que el mundo sepa que Tú me enviaste, y que los amaste tal como me has amado a Mí” (Jn 17:23). Un mundo fragmentado por el egoísmo, la política y el odio mira a la iglesia. Si ve en nosotros esa misma división, el mensaje del evangelio suena hueco. Pero cuando ve a personas de distintos trasfondos amándose, perdonándose y sirviéndose mutuamente, se encuentra con una prueba irrefutable del poder reconciliador de Cristo.

4. “Que estén conmigo”
La oración concluye con la petición más íntima y emocionante, el destino final hacia el cual toda la historia de la redención se dirige. Con una pasión evidente, Jesús le dice al Padre: “Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde Yo estoy, para que vean Mi gloria, la gloria que me has dado” (Jn 17:24).
El cielo no es principalmente acerca de un lugar, sino de una Persona. El anhelo supremo de Cristo para nosotros es que estemos con Él. ¿Para qué? Para “ver Su gloria”, lo que implica no solo ser espectadores pasivos, sino participar plenamente en el gozo, la belleza y el amor de la comunión trinitaria. Es la invitación final a unirnos a esa danza eterna de deleite mutuo, la pericóresis. Cuando esta esperanza se convierte en el anhelo más profundo de nuestro corazón, todo lo demás en la vida se reordena. Demostramos que ni la comodidad, ni la salud, ni siquiera la vida misma son nuestro tesoro final. Cristo lo es.