Marzo 30
“El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí, la hallará. Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma?”. Mateo 16:25-26
Jesús era experto haciendo preguntas, en especial el tipo de preguntas que hacen que las personas se detengan y presten atención. Cuando nos enfrentamos con las preguntas de Jesús, como los discípulos lo hicieron aquí, debemos tener cuidado de no eludir el efecto buscado.
A primera vista, la pregunta de Jesús sobre la ganancia espiritual a expensas de nuestra alma podría ser entendida principalmente como una advertencia del juicio que vendrá sobre el individuo egoísta. Nos vemos tentados a leer la pregunta de Jesús como si Él fuera una madre que le dice a su hijo: “Muy bien, si no compartes con tu hermana, ya sabes lo que sucederá”. En cambio, esta pregunta específica se asemeja más bien a una observación. Jesús está resaltando lo que sucede cuando orientamos nuestra vida y nuestras decisiones en torno a nuestros propios anhelos egoístas: nuestras posesiones, nuestros logros, nuestra identidad deseada. Vivir de esta manera, dice Él, es perder tu propia vida.
Por tanto, esta pérdida de vida de la que habla Jesús aquí es tanto inmediata como eterna. Si consideramos nuestra vida solo como algo de lo cual podemos obtener ganancias para nosotros mismos, en verdad nos estamos perdiendo de sus gozos más grandes; terminamos simplemente existiendo, no viviendo de verdad. Más aún, cuando nos colocamos a nosotros mismos en el trono de nuestra vida, quitamos a Jesús del lugar que merece y confirmamos la realidad de que, por naturaleza, preferimos buscar el mundo que abandonar nuestros deseos por buscar a Cristo. Si continuamos de esta manera, perderemos el regalo de la vida eterna que Él ama dar a Sus súbditos.
Entonces, ¿cómo hemos de combatir los deseos mundanos en el presente? Primero, debemos reconocer que, tal como lo dijo el matemático y teólogo del siglo diecisiete Blaise Pascal, tenemos un hueco con forma de Dios en el nivel más profundo de nuestro ser y nada puede llenarlo salvo el mismo Dios. Existimos, no para buscar los placeres temporales, sino para disfrutar de una relación con el Dios vivo. Segundo, debemos reflexionar continuamente en el valor de nuestra alma, evidenciado en la cruel escena fuera de Jerusalén donde el Cristo perfecto colgó de una cruz despreciado, rechazado, traspasado, herido y afligido para que nosotros pudiéramos ingresar a una relación correcta con Dios y recibir el regalo de la vida eterna. El sacrificio de Jesús revela cuánta importancia tiene para Dios el destino eterno de nuestra alma.
Seguir a Jesús como tu Salvador y tu Rey y reconocer Su valor por sobre todo tesoro terrenal no es una decisión momentánea; es un compromiso de toda una vida que se pone por obra cada día. Si estás preparado para ir a Su cruz a diario, confesar con humildad quién es Él y renunciar a tu vida (tus preferencias, tu comodidad, tus riquezas), entonces tu ganancia no tendrá fin, ahora ni en la eternidad. Haríamos bien en preguntarnos cada mañana lo que Jesús les preguntó a Sus discípulos en el camino aquel día: ¿Qué provecho obtendré si gano el mundo entero, pero pierdo mi alma?
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
