Marzo 29
“Cuando Israel era niño, Yo lo amé; y de Egipto llamé a Mi hijo. Cuanto más los llamaban los profetas, tanto más se alejaban de ellos; seguían sacrificando a los Baales y quemando incienso a los ídolos”. Oseas 11:1-2
Cuando Jesús nació, María y José lo llevaron a Egipto para protegerlo de la persecución del rey Herodes. Cuando Mateo registra ese evento, incluye estas palabras de Oseas, escritas siete siglos antes, y explica que en realidad fueron una profecía que Jesús cumplió (Mt 2:13-15). Sin embargo, las palabras de Oseas no hacían referencia a un individuo, sino a una nación (“los llamaban… se alejaban… seguían sacrificando”). Por lo tanto, podemos pensar que Mateo estaba utilizando la Escritura a la ligera.
La verdad es que Mateo sabía exactamente lo que estaba haciendo. Estaba identificando de manera deliberada a Jesús con Israel. Tal como Dios había llamado a Su pueblo amado (Su hijo) de Egipto para que lo adorara en la tierra prometida, asimismo (dice Mateo), Dios estaba llamando a Su Hijo unigénito, el Señor Jesús, de Egipto y de vuelta a la tierra prometida. No obstante, Jesús era diferente. Igual que los israelitas, fue tentado en el desierto, pero a diferencia de ellos, Él no pecó (Mt 4:1-11; ver también Ex 32:1-6). Jesús es el verdadero Israel, el Hijo verdadero.
Al inicio de Su ministerio, Jesús escogió doce discípulos (Mt 10:1-4). Este era un número importante. Al escoger a doce, Jesús estaba afirmando algo. Él, el verdadero Israel, estaba llamando para Sí personas que conformarían el nuevo Israel. Sus doce discípulos, en lugar de las doce tribus de Israel, serían su fundamento. En esta elección, el enfoque del pueblo de Dios fue realineado, y lo sigue siendo. Desde entonces, el verdadero Israel ya no se encuentra en lo que ahora se llama el Medio Oriente, ni tampoco consiste solo en los descendientes biológicos de Abraham. En cambio, abarca a los descendientes espirituales de Abraham, tanto judíos como gentiles. Los hijos de Dios son los que siguen el ejemplo de Abraham al confiar en las promesas de Dios que se cumplen en Jesús.
La promesa, dice Pablo, “es por fe” y siempre está “de acuerdo con la gracia” (Ro 4:16). No importa si eres judío o gentil, rico o pobre, hombre o mujer. No importa quién eres ni lo que hayas hecho. El mismo principio siempre aplica: “Si ustedes son de Cristo, entonces son descendencia de Abraham, herederos según la promesa” (Ga 3:29). Todos somos “uno en Cristo Jesús” (v. 28). El evangelio es el mismo para todos porque el terreno se nivela a los pies de la cruz. Las personas religiosas y morales tienen tanta necesidad de salvación como uno que nunca ha asistido a la iglesia y que no ha vivido según ningún estándar ni credo. Solo tenemos una historia que contar, pero es la única historia que nosotros mismos y otros necesitamos.
Es imposible negarlo: somos imperfectos. Como el primer Israel, tendemos a alejarnos de nuestro Padre y a adorar a los ídolos. Pero Jesús, el único perfectamente justo, el Israel mejor y verdadero, murió para llevar nuestros pecados y que así podamos acercarnos y confiar por completo en Su misericordia. Hemos sido reunidos en una gran compañía e ingresados al verdadero reino de Israel, no por quienes somos ni por lo que hemos hecho, sino por lo que Él es y lo que ha hecho. Hoy, mediante la fe en Jesús, eres un hijo de Dios, amado igual que Él lo fue y lo sigue siendo (Ga 3:26).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
