El Dios viviente: lo que lo hace diferente y satisfactorio 

El creyente puede maravillarse con el Dios viviente que le ama y que se ofrece a Sí mismo como galardón de los que creen.
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Los cristianos confiesan que Dios es. En efecto, su nombre es “YO SOY” (Ex 3:14). De acuerdo con Hebreos 11, un aspecto fundamental de agradarle es creer que Él existe: “Y sin fe es imposible agradar a Dios. Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que recompensa a los que lo buscan’’ (Heb 11:6). Al menos que seamos filósofos, palabras como el existir y ser, son bastantes básicas para nosotros. No nos sorprenden (aunque sí debería). 

Quizás por eso la Biblia enfatiza con tal regularidad que Dios no simplemente existe, sino que vive. “El Señor vive, bendita sea mi roca, y ensalzado sea el Dios de mi salvación” (Sal 18:46). 

Un decreto/pacto común entre el antiguo testamento es “porque el Señor vive”. Es más, las referencias del “Dios viviente” es destacado en partes claves de las historias bíblicas. Reflexionar en el testimonio bíblico sobre el Dios viviente puede conmover y mover nuestros afectos más que meros hechos sobre Su existencia. 

No semejante a los ídolos

Con frecuencia, la Biblia se refiere a Yahweh como el Dios viviente para separarlo de los ídolos de las naciones. En Jeremías 10, el profeta exhorta a Israel a dejar atrás las vanas costumbres de las personas. Él mira con desprecio el confeccionar ídolos: 

Pues un leño del bosque es cortado,

Lo trabajan las manos de un artífice con el cincel;

Con plata y oro lo adornan,

Con clavos y martillos lo aseguran

Para que no se mueva (Jer 10:3-4).

Los ídolos de las naciones son “como los espantapájaros de un pepinar, sus ídolos no hablan”, es más, “tienen que ser transportados, porque no andan”. No hay razón para temerles, ya que no pueden hacer lo bueno ni lo malo (Jer 10:5). 

Con frecuencia, la Biblia se refiere a Yahweh como el Dios viviente para separarlo de los ídolos de las naciones. / Foto: Jhon Montaña

Las palabras de Isaías hacen eco a la misma verdad, en el capítulo 45 de su oración. Las naciones llevan su ídolo de madera y suplican a un dios que no puede salvar (45:20). Isaías 46 elabora más sobre esta idea: 

Se ha postrado Bel, se derrumba Nebo;
Sus imágenes son puestas sobre bestias, sobre animales de carga.
Sus bultos son pesados,
Una carga agobiadora para la bestia fatigada.
Se derrumbaron, a una se han postrado.
No pudieron salvar la carga,
Sino que ellos mismos han ido en cautividad.

Escúchenme, casa de Jacob,
Y todo el remanente de la casa de Israel,
Los que han sido llevados por Mí desde el vientre,
Cargados desde la matriz.
Aun hasta su vejez, Yo seré el mismo,
Y hasta sus años avanzados, Yo los sostendré.
Yo lo he hecho, y Yo los cargaré;
Yo los sostendré, y Yo los libraré (Is 46:1-4).

El contraste no podría ser más claro. Los asnos cargan los ídolos de las naciones; Yahweh carga a Su pueblo. Los ídolos ni siquiera pueden salvarse a sí mismos; el Señor salva a los Suyos.

De acuerdo con Isaías 46, los asnos cargan los ídolos de las naciones, mientras que Yahweh carga a Su pueblo. / Foto: Jhon Montaña

De acuerdo a Jeremías 10:6-7, por esto es que Yahweh es único.

No hay nadie como Tú, oh Señor.

Grande eres Tú, y grande es Tu nombre en poderío.

¿Quién no te temerá, oh Rey de las naciones?

Porque esto se te debe.

Porque entre todos los sabios de las naciones,

Y en todos sus reinos,

No hay nadie como Tú.

En contraste, las naciones son tanto “torpes y necios” al adorar madera superpuesta con oro y plata, vestida de púrpura hecha por manos humanas (Jer 10:8-9). “Pero” dice el profeta: “Pero el Señor es el Dios verdadero; Él es el Dios vivo y el Rey eterno’’ (Jer 10:10).

Esta es una diferencia significativa entre el Señor y los dioses de las naciones. El Señor es el Dios viviente. Él no es una estatua. Él no está muerto; Él está vivo. Cuando Yahweh está en movimiento, no es porque alguien lo podría cargar en sus hombros. Él va y viene como a Él le plazca.

Solo Tú eres Dios

Él es el Dios viviente quien habla desde el zarza ardiente (Dt 5:26). Él está entre Su pueblo y conquista sus enemigos (Jos 3:10). Cuando David enfrenta al gigante Goliat, se indigna especialmente porque el filisteo incircunciso ha desafiado a “los escuadrones del Dios viviente” (1S 17:26, 36). Igualmente sucede cuando Ezequías corre a Yahweh por liberación cuando Senaquerib, el rey de Asiria, se burla del “Dios vivo” (2R 19:4, 19). Él clama a Yahweh:

En verdad, oh Señor, los reyes de Asiria han asolado las naciones y sus tierras, y han echado sus dioses al fuego, porque no eran dioses, sino obra de manos de hombre, de madera y piedra; por eso los han destruido. Y ahora, oh Señor, Dios nuestro, líbranos, te ruego, de su mano para que todos los reinos de la tierra sepan que solo Tú, oh Señor, eres Dios (2R 19:17-19). 

El rey Darío, luego de ser engañado para que Daniel sea encarcelado en el foso de los leones, el rey llama a Daniel el “siervo del Dios viviente” (Dn 6:20). Cuando él ve que Dios ha guardado la vida de Daniel, él ordena a todo el pueblo a que “teman y tiemblen delante del Dios de Daniel, porque Él es el Dios viviente que permanece para siempre, y Su reino no será destruido y Su dominio durará para siempre” (Dn 6:26).

Él es el Dios viviente quien habló desde el zarza ardiente (Dt 5:26). / Foto: Getty Images

En el Nuevo Testamento

En el nuevo testamento, las palabras de Pablo hace eco a la de los profetas cuando les insta a los habitantes de Listra a “que se vuelvan de estas cosas vanas a un Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar, y todo lo que hay en ellos” (Hch 14:15).

Sin embargo, encontramos cosas sorprendentes sobre el Dios vivo del Nuevo Testamento. Él tiene un Hijo, como Pedro confiesa cuando Jesús le pregunta a Sus discípulos quiénes piensa que es. “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16:16). Más que eso, el Dios viviente tiene un Espíritu, así como Pablo testifica a los corintios: “Son carta de Cristo… no escrita con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo” (2Co 3:3). El Dios viviente es el Dios trino, eternamente subsistiendo en tres personas.

El Dios trino tiene un hogar, “la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad” (1Ti 3:15). Más que eso, aquellos que han puesto su esperanza en el Dios viviente como Salvador ahora se han vuelto el templo del Dios vivo, en quien y con quien Él habita (2Co 6:16). Somos los hijos del Dios viviente, tan numerosos como la arena en el mar (Os 1:10; Ro 9:26). 

Y como tal, tenemos cuidado, no sea que en alguno de nosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo (Heb 3:12). Nuestras conciencias han sido purificadas por la sangre de Cristo para que ya no andemos en obras de muerte, sino para que sirvamos al Dios viviente (Heb 9:14). Sea por un camino o el otro, todos debemos enfrentarnos con el Dios vivo. O caeremos en manos del Dios vivo (una perspectiva terrible y aterradora, [Heb 10:31]), o vendremos al Monte Sión, la ciudad del Dios vivo, y a Sus innumerables ángeles en una reunión festiva (Heb 12:22).

Encontramos cosas sorprendentes sobre el Dios vivo del Nuevo Testamento. / Foto: Jhon Montaña

Ansiando al Dios viviente

Posiblemente la nota más alta sobre el Dios viviente es expresada dos veces en los salmos. Aquí se manifiestan las ansias, el deseo de estar cerca de Dios. 

Como el ciervo anhela las corrientes de agua,

Así suspira por Ti, oh Dios, el alma mía.

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente (Sal 42:1-2).

Y nuevamente en Salmo 84:

¡Cuán preciosas son Tus moradas,

Oh Señor de los ejércitos!

Anhela mi alma, y aun desea con ansias los atrios del Señor;

Mi corazón y mi carne cantan con gozo al Dios vivo (Sal 84:1-2).

¿Has considerado recientemente lo maravilloso que es acercarse al Dios que existe, al Dios que es? Y más aún, ¿acercarse al Dios que vive y quien es para nosotros la fuente de vida? Venimos a Él para satisfacer nuestras almas con el galardón más preciado que Él ofrece: Él mismo.


Este artículo se publicó originalmente en Desiring God.

Joe Rigney

Joe Rigney es miembro de teología en New Saint Andrews College. Es esposo, padre de tres hijos y autor de varios libros, entre ellos Más que una batalla: cómo experimentar la victoria, la libertad y la curación de la lujuria.

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