El autor del libro de Hebreos es bastante severo cuando advierte acerca de la apostasía. Repara en que, por causa de la apatía y la falta de crecimiento espiritual, perdemos la capacidad de discernir “el bien del mal” (una alusión irónica a la tentación en el Edén, con la diferencia de que ahora realmente se nos dio una manera de saber y elegir lo correcto).
“Acerca de esto tenemos mucho que decir, y es difícil de explicar, puesto que ustedes se han hecho tardos para oír. Pues aunque ya debieran ser maestros, otra vez tienen necesidad de que alguien les enseñe los principios elementales de los oráculos de Dios, y han llegado a tener necesidad de leche y no de alimento sólido. Porque todo el que toma solo leche, no está acostumbrado a la palabra de justicia, porque es niño. Pero el alimento sólido es para los adultos, los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal” (Heb 5:11-14).
¿Cómo podemos cultivar el crecimiento espiritual? ¿Qué deberíamos comprometernos a hacer? Te dejo algunas resoluciones que puedes considerar para este nuevo año.

Aprende algo nuevo sobre la fe
Hebreos es un libro que deslumbra y que se vuelve más rico y profundo no solo con cada lectura de sus reconfortantes páginas, sino también cuando tienes una comprensión más amplia de su contexto bíblico. La esperanza y el bienestar que transmite vienen de los tipos y figuras del Antiguo Testamento, de la teología tal como se les reveló a los santos de antaño y de sus relatos en el marco de la gran narrativa de la redención. Es un ejemplo maravilloso de cómo “la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos” (Jud 3) enriquece nuestra forma de entender la fe cristiana como un todo.
Con esto en mente, una buena práctica para el creyente es aprender todo el tiempo. Y la buena noticia es que ¡hay mucho por aprender! Elige algunos teólogos y sus biografías para estudiar este año. Pregúntale a tu pastor o a alguien cuya fe admires qué libros han sido de mayor influencia para moldear su caminar en Cristo y ve si consigues una copia para ti. Comienza a volcar tus oraciones en un cuaderno, incluso si tan solo llegas a escribir unas pocas palabras antes de irte a dormir.

Si te encuentras en medio de una temporada atareada en tu vida (tienes personas a tu cuidado, estudias o te encuentras en un contexto laboral desafiante) comprometerte con algo así quizás signifique que tengas que leer un nuevo libro de la Biblia o uno que no has leído hace tiempo a un ritmo más pausado pero con constancia. Tal vez solo puedas leer cinco minutos al día o media hora los sábados. Lo importante es que sigas leyendo. Pero también recuerda que esta búsqueda buena en sí misma de conocer a Dios y Su iglesia no te salvará, sino que servirá para fortalecer tu fe en las promesas que ya se te aseguraron.
El Salmo 19 nos dice que “la Ley del SEÑOR es perfecta, que restaura el alma” (Sal 19:7), que regocija el corazón y alumbra los ojos. Es fácil ver el tiempo que pasamos leyendo la Biblia y orando como un deber o una carga; muchos fallamos en esto. Pero las Escrituras nos dicen que podemos y debemos acercarnos a la Palabra de Dios con agrado. Saber más de nuestro Dios es una bendición y no una carga o un deber más que tachamos de una lista. Podemos descansar en esto porque sabemos que no somos salvos por la frecuencia con la que leemos la Biblia y no perdemos la salvación por las veces que ni siquiera nos acercamos a ella. Más bien, podemos comprometernos a ir a Su palabra cuando tenemos la posibilidad, sabiendo que Él la usará como corrientes de agua que riegan, hacen crecer y dan vida (Sal 1).

Practica cómo mortificar el pecado
El autor de Hebreos señala que quienes son espiritualmente maduros “por la práctica tienen los sentidos ejercitados”. A veces asumimos que, si somos salvos, ya somos la mejor versión de nosotros mismos. Tal vez minimizamos aquellos “pequeños pecados”, como la murmuración, la impaciencia, la glotonería o el lenguaje obsceno, y no los vemos como algo tan malo. Tal vez asumimos que no podemos luchar contra nuestros pecados más grandes y nos decimos a nosotros mismos que ya fueron perdonados y que no hay necesidad de preocuparse o de cambiar. Sin embargo, tanto Juan como Santiago y como Pablo sostienen que la prueba de la salvación en los cristianos es evidente por cómo se aman los unos a los otros (Jn 13:35), por cómo muestran evidencia del fruto del Espíritu en ellos (Ga 5:22-23, Mt 7:20) y por cómo son “hacedores de la palabra” (Stg 1:25). Santiago escribe: “La religión pura y sin mancha delante de nuestro Dios y Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Stg 1:27).

Es de suma importancia que sigamos practicando la santidad, la piedad y las buenas obras. Y sí, hay que practicar mucho. Creo que, si Dios quisiera, podría hacer que todo aquel que es regenerado sea también santificado y despojado de todo pecado al instante, en un abrir y cerrar de ojos, pero no es así como Él quiere que sea. Dios se complace en usar lo común del día a día para trabajar en nuestra santificación, y los humanos somos seres de hábitos, a lo que debemos practicar para tener el hábito de vivir una vida santificada.
Que te sirva de ánimo saber que eso tampoco es la garantía de tu salvación, la cual Cristo ya compró y el Espíritu Santo ya selló. Fallaremos en nuestro esfuerzo por lograr una “práctica constante”, tanto en la constancia como en la práctica misma. Ten presente que Cristo no falló y es Su perfecta rectitud la que nos vestirá cuando estemos delante de Dios Padre. Tal como se leía en el telegrama que envió J. Gresham Machen el 1 de enero de 1937 justo antes de morir: “Estoy tan agradecido por la obediencia voluntaria de Cristo. Sin ella, no habría esperanza”.

Así que, aunque quizás te sientas tentado a rendirte en febrero cuando también hayas dejado de ir al gimnasio o de leer los libros que tenías en una lista, ¡sigue adelante! La victoria ya está asegurada, solo debemos correr la carrera.
No menosprecies el evangelio
Quizás el mayor error que un cristiano puede cometer es pensar que ya ha aprendido todo lo necesario. Todo el libro de Hebreos describe la gran obra mediadora de Cristo intercediendo por nosotros delante del Padre. Desde ya que siempre vamos a necesitar de esas buenas noticias. Se hará más real y valioso en nosotros con el estudio y a medida que experimentemos la gracia de Dios en nuestras vidas, pero jamás será más que esto: el hecho de que estamos seguros en la obra de “Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12:2).
Cuando veas que no creces ni maduras espiritualmente, cuando te sientas agobiado por tu propio pecado y atrapado por los deseos de la carne, no te desesperes. Podemos encontrar ánimo en la obra sacerdotal de Cristo por nuestros pecados para seguir corriendo la carrera y para “[despojarnos] también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y [correr] con paciencia la carrera que tenemos por delante” (Heb 12:1).
Publicado originalmente en Core Christianity.