En el Padre Nuestro, Jesús no nos dio una fórmula mágica, sino una invitación a orar con confianza, sinceridad y profundidad, como hijos.
Durante gran parte de mi vida cristiana, sentí una carga constante por mi desempeño en la oración. Especialmente en los años posteriores a mi conversión, me parecía que mis peticiones eran demasiado pobres: poco tiempo de rodillas, pocas personas en mi lista, poca elocuencia en mis palabras. Creo que esta experiencia no solo me describe a mí, sino a muchos creyentes que, al ver su clamor con frustración y culpabilidad, terminan abandonando la oración en lugar de sentirse animados a crecer.
En Su gran amor, el Señor ha ido quitando esa carga de mis hombros con el pasar del tiempo. Ya no tengo temor de tener un mal desempeño al clamar a mi Padre celestial. ¿Significa eso que mi oración es perfecta? ¡Sería arrogante afirmar algo así! En realidad, tengo muchísimo por crecer y aprender. Sin embargo, después de prestar particular atención a la enseñanza de nuestro Señor Jesús sobre la oración, he aprendido a poner mis ojos menos en mi desempeño y más en la gracia de nuestro Padre.

En este artículo, quiero compartir tres lecciones que he aprendido al estudiar en detalle el “Padre Nuestro” que Jesús nos enseñó en Mateo 6:9-13. Estas lecciones me han servido para encontrar mucha más paz en mi vida de oración, y espero que lo mismo suceda contigo.
1. Jesús quiere que nuestra oración sea sincera
Un error común al estudiar el Padre Nuestro es enfocarnos demasiado en la lista de peticiones e ignorar el contexto del pasaje. Es fundamental recordar que esta oración forma parte del Sermón del Monte, y que uno de los temas centrales de este gran discurso es la justicia verdadera. Jesús enseña aquí que de nada sirve, por ejemplo, evitar el acto del adulterio si se sigue practicando la inmoralidad con la mente (Mt 5:27-30). Su exhortación es que el creyente debe buscar una justicia mayor a la de los escribas y fariseos, cuya obediencia era solo superficial (Mt 5:20).
Con esta exhortación como base, Jesús enseña sobre la oración en el capítulo 6 y hace un gran énfasis en la sinceridad:
Cuando ustedes oren, no sean como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. En verdad les digo que ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (Mt 6:5-6).

¿Cuál es la razón principal por la que Jesús le dice a Su audiencia “oren de esta manera” (Mt 6:9)? Para que evitaran la hipocresía. Mientras que los fariseos estaban enfocados en ser alabados por su elocuencia, Jesús quería que Sus discípulos pidieran con el único objetivo de agradar a Dios.
¡Esto definitivamente transforma nuestras oraciones! La pregunta que debemos hacernos es: ¿oro para demostrar que tengo un gran desempeño, o clamo porque deseo honrarlo y agradarlo? Si la oración se trata de nosotros, estaremos enfocados en cuánto tiempo oramos, cuántos elementos abarcamos en nuestra lista y si nuestras palabras son lo suficientemente teológicas. Pero si pensamos en la gloria de Dios, pediremos con sinceridad.

Alguien podría decir: “Bueno, yo no me paro en una esquina a orar para que otros me vean”. Sin embargo, creo que aun orando a solas podemos caer en la hipocresía. Quizás solo Dios nos escuche, pero nuestro corazón puede estar lejos de Él. ¿Cómo se ve una sinceridad auténtica? En el capítulo 7 del mismo Sermón del Monte, Jesús nos lo muestra:
…todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O qué hombre hay entre ustedes que si su hijo le pide pan, le dará una piedra, o si le pide un pescado, le dará una serpiente? (Mt 7:8-10).
Una petición sincera es como la de un niño. No está preocupado por demostrar nada, ni siquiera a su padre. Dudo que alguna vez hayamos visto a un niño preocuparse por la elocuencia de sus palabras al decirle a su papá: “Tengo hambre”. La sinceridad se manifiesta cuando clamamos a Dios con una necesidad real, con un corazón que reconoce sus carencias y acude al Padre para que Él le dé satisfacción.

2. Jesús quiere que nuestra oración sea concreta
Con esta afirmación no quiero animar a mis hermanos a orar menos. ¡Dios me guarde de tal error! De hecho, el propio Señor Jesús no es un ejemplo de oración corta o deficiente. Al contrario, leemos: “Levantándose muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, Jesús salió y fue a un lugar solitario, y allí oraba” (Mr 1:35). Entonces, ¿a qué me refiero con una “oración concreta”?
Recuerdo que un día estaba almorzando con varios hermanos de la iglesia y uno de ellos oró por los alimentos. Su oración fue extensa: pidió por las necesidades de muchas personas, por la expansión del evangelio y por otras peticiones de la iglesia. Fue una oración muy elocuente, y no dudo que haya sido sincera. Sin embargo, en esa reunión también estaba uno de mis pastores, quien más tarde, cuando estuvimos a solas, me comentó: “Ese hermano oró por todo menos por los alimentos. Qué lástima que no agradeció por esa deliciosa comida”.

Creo que eso refleja a qué me refiero con una “oración concreta”. ¿Cómo debemos pedir por los alimentos? Jesús dice: “Danos hoy el pan nuestro de cada día” (Mt 6:11). ¿Cómo pedimos por el reino? Jesús dice: “Venga Tu reino” (Mt 6:10). No hay aquí elocuencia, ni una extensa lista de asuntos teológicos, ni un sinfín de adornos. Simplemente está la petición: “Danos hoy el pan”. Unos versículos antes del Padre Nuestro, Jesús explica por qué las oraciones deben ser concretas:
Y al orar, no usen ustedes repeticiones sin sentido, como los gentiles, porque ellos se imaginan que serán oídos por su palabrería (Mt 6:7).
¿Por qué menciona aquí a “los gentiles”? Los griegos, que adoraban a un sinfín de deidades, solían elevar oraciones con extensas listas de nombres, creyendo que recibirían el favor de los dioses solo por recitar una fórmula específica. Jesús quería que los creyentes tuvieran cuidado de no tratar de manipular a Dios con “palabrería” y que fueran directo al punto. Eso demostraría que su oración descansa en la bondad de Dios y no en fórmulas que ellos pudieran considerar mágicas.

Esto es clave para nosotros hoy. Es lamentable que, como me sucedió durante muchos años, tantos creyentes se sientan frustrados con sus oraciones porque no logran extenderlas por mucho tiempo o no pueden incluir numerosas peticiones y adornos. Sin embargo, debemos preguntarnos: ¿habrá detrás de eso un deseo de manipular a Dios? Debemos tener cuidado y asegurar que nuestra confianza para acercarnos a Él esté en la obra de Cristo y no en nuestras propias acciones. Nuestra única esperanza para orar es esta:
…no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna (Heb 4:15-16).

3. Jesús quiere que nuestra oración sea profunda
Una vez que hemos afirmado que nuestras oraciones deben ser sinceras y concretas, podemos decir sin temor a equivocarnos que profundidad no es sinónimo de extensión. En otras palabras, es posible tener oraciones profundas sin necesidad de una gran palabrería o de adornos irrelevantes.
Ahora, ¿a qué nos referimos con “profundidad”? Lo diré de esta forma: una oración es más profunda cuanto más vital sea para nosotros lo que estamos pidiendo. Ya dijimos que un niño no pide comida con elocuencia, pero la simple petición “dame pan” es vital, pues nace de un hambre que necesita ser saciada. De la misma forma, un adolescente puede pedirle a su padre “enséñame a ser un hombre adulto”, y algo tan sencillo resulta ser una de sus necesidades más vitales. ¿Quién diría que un adolescente no es profundo cuando pide a su padre guía para la vida adulta?

En ese sentido, las peticiones del Padre Nuestro son gloriosamente profundas. Antes de enseñar la oración, Jesús dice: “…su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes que ustedes lo pidan” (Mt 6:8). ¡Dios ya sabe lo que necesitamos! Por tanto, Jesús nos enseña que pidamos conforme a esas necesidades.
Conozco libros enteros dedicados al Padre Nuestro, en los que hay explicaciones de capítulos enteros alrededor de cada petición, y creo que vale la pena estudiar el pasaje así. Sin embargo, de manera general, el Señor nos da un panorama de las más grandes necesidades humanas y nos llama a orar con este tipo de necesidades en mente:
- “Santificado sea Tu nombre” (Mt 6:9). Necesitamos que Dios sea glorificado. Fuimos hechos a Su imagen y somos representantes de Cristo, por lo cual anhelamos que Él se vea glorioso.
- “Venga Tu reino” (Mt 6:10). Necesitamos que el evangelio se siga predicando hasta el fin del mundo, para que todo el pueblo de Dios esté completo y Él venga a establecer Su reino físico.
- “Hágase Tu voluntad” (Mt 6:10). Necesitamos que Dios obre según Su voluntad soberana, que es perfecta y sabia, y que nos haga caminar según Su voluntad revelada en Su Palabra.
- “Danos hoy el pan nuestro de cada día” (Mt 6:11). Necesitamos alimento para que nuestros cuerpos funcionen y podamos darle gloria con ellos.
- “Perdónanos nuestras deudas” (Mt 6:12). Necesitamos el perdón de Dios ofrecido en Cristo, pues le hemos ofendido con nuestro pecado.
- “No nos dejes caer en tentación” (Mt 6:13). Necesitamos la ayuda de Dios para evitar la tentación, pues estamos en una carrera de santificación y lucha con el pecado.
Creo que está bien seguir las peticiones de esta oración, una por una, al clamar a Dios (yo lo hago a menudo). Sin embargo, si confiamos en que seremos bendecidos solo por seguir la fórmula de Mateo 6, estaremos cometiendo el mismo error que Jesús corrige. En lugar de eso, debemos preguntarnos: ¿apuntan nuestras peticiones a nuestras más grandes necesidades como seres humanos? En la práctica, es triste que pasemos demasiado tiempo pidiendo bendiciones que no son vitales, y muy poco clamando por algo como “venga Tu reino” o “santificado sea Tu nombre”.

Como hijos amados
En definitiva, la oración que Jesús nos enseña está lejos de ser una métrica de nuestro desempeño espiritual. Es, más bien, una invitación a la dependencia y a la confianza. Al enseñarnos a orar con sinceridad, concreción y profundidad, el Señor nos libera de la pesada carga de impresionar a Dios o a los demás. Nos recuerda que no nos acercamos a un juez severo que evalúa nuestra elocuencia. Él es un Padre amoroso que conoce nuestras necesidades más vitales y que está dispuesto a satisfacernos.
Que podamos, entonces, abandonar la ansiedad por las fórmulas y las apariencias, y abrazar la paz de conversar con nuestro Padre tal como somos: como hijos amados que acuden a Él en busca de Su sustento, Su perdón y Su guía.