El desafío del estudiante universitario se formuló como una pregunta: “¿No nos enseña Jesús que debemos amarnos y aceptarnos unos a otros?”. A primera vista, la pregunta parecía inocente y la respuesta obvia, al menos para la mayoría de las personas. Sin embargo, si te hacen esta pregunta, ten cuidado de no responderla con ingenuidad, por dos razones.
Primero, es probable que haya otra intención detrás de esa pregunta, como era el caso de este estudiante. Si Jesús enseñó el amor y la aceptación, ¿por qué los cristianos, que supuestamente siguen a Jesús, no aman, aceptan y afirman a las personas LGBTQ? Si respondes rápidamente a la primera pregunta, la segunda te dejará sin palabras.
El desafío se tambalea en parte porque el amor genuino no requiere la aprobación y la aceptación de todos los comportamientos de la persona amada, un punto obvio para los adultos reflexivos y fundamental para una crianza sabia. De hecho, en el pasaje bíblico más famoso sobre el amor, citado con frecuencia incluso por los no cristianos en las bodas, el propio Pablo declaró que “el amor no se regocija con la injusticia, sino que se alegra con la verdad” (1Co 13:6).

Nota que, para el apóstol, la práctica homosexual era injusta. Era “contraria a la sana doctrina” (1Ti 1:10) y, junto con otros vicios y actividades sexuales pecaminosas, era una práctica que descalificaba a quienes la practicaban para entrar en el reino (1Co 6:9-10). Además, el transgenerismo va en contra del orden “muy bueno” de la creación de Dios: los seres humanos fueron creados por Dios como binarios sexualmente, hombres y mujeres, y por tanto, capaces de cumplir el mandato de Dios de ser fructíferos y multiplicarse (Gn 1:27-28). Este punto fue afirmado explícitamente por el mismo Jesús (Mt 19:4-5).
Por consiguiente, ninguna interpretación bíblica del amor y, por tanto, ninguna caracterización de la concepción que Jesús tenía del amor, podría respaldar, afirmar o aprobar ni el comportamiento homosexual ni el transgenerismo.

Sin embargo, hay un segundo problema que muchos pasan por alto. Contrariamente a la opinión popular y, sorprendentemente incluso para mí cuando lo comprobé, Jesús en realidad dijo muy poco en sus sermones públicos sobre el amor en general, y no dijo absolutamente nada que afirmara el tipo de “amor y aceptación” que se promueve en nombre de Jesús por medio de la línea de preguntas del estudiante.
Busca en tu concordancia bíblica todas las advertencias públicas de Jesús sobre el amor que se registran en los Evangelios. Solo encontrarás tres instrucciones: amar a Dios, amar al prójimo y amar a los enemigos. Eso es todo.

“El gran mandamiento” es “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente”. El cual se menciona de alguna forma en tres diálogos: Mateo 22:37, Marcos 12:30 y Lucas 10:27.
Por supuesto, amar a Dios implica cumplir Sus mandamientos. No tiene sentido decirle a alguien que tiene autoridad legítima sobre nosotros: “Te amo, pero no voy a hacer nada de lo que me digas a menos que se ajuste a mis propios deseos”. Eso no es amor. Eso es narcisismo.

El segundo gran mandamiento es similar al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 19:19; 22:39; Mr 12:31; Lc 10:27). Sin embargo, amarnos a nosotros mismos no es lo mismo que aprobarnos y afirmarnos incondicionalmente. Es evidente que no todo lo que hacemos es ético o bueno para nosotros, por lo que no puede ser eso lo que Jesús quería decir.
Más bien, debido a que velamos constantemente por nuestro propio bienestar, a veces en exceso, debemos hacer lo mismo por los demás. C. S. Lewis lo llamó “un deseo constante del bien supremo de la persona amada, en la medida en que sea posible obtenerlo”. Por tanto, no es un acto de amor, ni para los demás ni para nosotros mismos, aceptar, alentar o celebrar un comportamiento moralmente autodestructivo.

En el tercer mandamiento de amor de Jesús, incluyó incluso a nuestros enemigos como “prójimos” a los que hay que cuidar y mostrar bondad y misericordia (Mt 5:44; Lc 6:27). Curiosamente, cuando un estudioso de la ley le preguntó a Jesús: “¿Quién es mi prójimo?”, Jesús respondió con una parábola en la que describía a un samaritano virtuoso que cuidaba de un judío herido, una persona que culturalmente era su enemigo.
Jesús dio otro mandamiento de amor, pero no fue público. Fue privado, dirigido a Sus discípulos en su última noche juntos. Después de lavarles los pies como ejemplo de liderazgo servicial, les dio un “mandamiento nuevo”. Les dijo que, como testimonio ante los demás de que eran Sus discípulos, debían amarse los unos a los otros con sacrificio, tal como Él los había amado (Jn 13:34-35; 15:12-13). También añadió: “Si ustedes me aman, guardarán Mis mandamientos” (Jn 14:15).
Por tanto, no te distraigas con ningún desafío al “amor” que desafíe tu moralidad bíblica. Según las Escrituras, el amor siempre tiene una dimensión moral. El amor no se regocija en la injusticia y no se opone a las intenciones específicas de Dios en la creación. El amor genuino siempre implica obedecer al Padre y obedecer al Hijo (1Jn 5:2).
Toda la enseñanza de Jesús sobre el amor era sencilla. Ama a Dios por completo, ama a tu prójimo como a ti mismo y muestra amor y benevolencia hacia tus enemigos. Dentro de la comunidad cristiana, demuestren fidelidad como discípulos de Jesús amándose unos a otros con sacrificio. Ninguno de los mandamientos de amor de Jesús es compatible con aprobar comportamientos que Dios identifica claramente como pecaminosos y destructivos.
Publicado originalmente en Stand to Reason.