Mayo 3
Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados (1 Juan 1:9).
Recuerdo que uno de mis profesores del seminario decía, que una de las mejores pruebas para evaluar la teología de una persona es observar el efecto que esta produce en sus oraciones.
Esa verdad me impactó debido a lo que estaba sucediendo en mi propia vida. Noël y yo recién nos habíamos casado y estábamos formando el hábito de orar juntos todas las noches. Observé que mientras cursaba aquellas asignaturas de estudio bíblico, las cuales iban moldeando más a fondo mi teología, mis oraciones iban cambiando dramáticamente.
Probablemente, el cambio más significativo en esos días fue que yo estaba aprendiendo a exponer mi causa delante de Dios sobre el fundamento de Su gloria. Iniciando con: “Santificado sea Tu nombre”, y terminando con: “En el nombre de Jesús”, significaba que la gloria de Dios era el objetivo y el fundamento de cada una de mis oraciones.
Fui inmensamente fortalecido cuando entendí que mis oraciones por perdón no debían apelar solo a la misericordia de Dios, sino también a Su justicia, exaltando así el valor de la obediencia de Su Hijo. Dios es fiel y justo para perdonarnos los pecados (1 Juan 1:9).
El fundamento de todo perdón de pecados se revela con más claridad en el Nuevo Testamento que en el Antiguo, pero el fundamento del compromiso de Dios con Su propio nombre nunca ha cambiado.
Pablo enseña que la muerte de Cristo manifestó la justicia de Dios al pasar por alto los pecados, y la reivindicó al justificar a los impíos que confían en Jesús y no en sí mismos (Romanos 3:25-26).
En otras palabras, Cristo murió una vez y para siempre para limpiar el nombre de Dios de lo que parece ser un grave error de justicia: la absolución de los pecadores simplemente por causa de Jesús. Sin embargo, debido al modo en que Jesús murió, el perdón “por causa de Jesús” equivale al perdón “por causa del nombre de Dios”. No hay injusticia. El nombre de Dios, Su justicia y Su rectitud se reivindican en el mismo acto de ofrecer un sacrificio que honra a Dios.
Como dijo Jesús al afrontar la última hora: “Ahora Mi alma se ha angustiado; y ¿qué diré: ‘Padre, sálvame de esta hora’? Pero para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica Tu nombre” (Juan 12:27-28). Eso fue precisamente lo que Él hizo: ser tanto el justo como el que justifica a los que confían en Jesús (Romanos 3:26).
Devocional tomado del libro The Pleasures of God, páginas 91–92
