Y Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro (Jn 11:5).
Él me ama. Él no me ama. Los altibajos de la vida en este mundo pueden hacer parecer al amor de nuestro Dios difícil de medir.
Una oración es contestada, una necesidad es provista, una relación súbitamente restaurada. Nuestros corazones se hinchan y tomamos el pétalo. Él me ama.
Pero luego viene un cambio de circunstancias, un diagnóstico inesperado, una pérdida repentina. Caemos en las profundidades y arrancamos el siguiente pétalo. Él no me ama.
Medir el amor de Dios por nosotros a la luz de nuestras circunstancias nos dirige a una pila de pétalos marchitos en el suelo, un tallo vacío en la mano y un corazón descontento por dentro. Entonces, ¿cómo podemos medir Su amor?

Uno de los episodios más discordantes en el ministerio de nuestro Señor ocurre poco tiempo antes de los eventos de la semana de la Pasión. Jesús recibe la noticia de amigos cercanos de que Lázaro, “el que Tú amas”, se había enfermado (Jn 11:3). La enfermedad es tan seria que María y Marta, las hermanas de Lázaro, están preocupadas por él y quieren que Jesús lo sepa.
Jesús amaba a esta familia (Jn 11:5). Y porque los amaba, la primera palabra del versículo 6 parece extraña, hasta shockeante: “Entonces se quedó dos días más en el lugar donde estaba”. Juan utiliza una conjunción con frecuencia traducida como “por tanto”. En otras palabras, porque Jesús amaba a María, Marta y Lázaro, Él se quedó donde estaba por dos días más y permitió que esta enfermedad avanzara en el cuerpo de Su amigo.
¿Qué amor tan extraño y maravilloso es este? ¿Cómo relacionamos el amor de Jesús por Su familia con Su decisión de dejar que Lázaro muriera?

Un amor extraño y maravilloso
Al leer la historia, no puedes escapar a la intención de Jesús. Esto no es una cuestión de inhabilidad. Jesús está lo suficientemente cerca para llegar a Lázaro rápidamente, pero Él retrasa Su camino (Jn 11:6). Y la distancia no le importaba a nuestro Señor encarnado. Él podría sanar con una palabra sin siquiera poner Sus ojos en los enfermos (Jn 4:46-53). No, Jesús sabe lo que ocurrirá. Él permite que la cruenta muerte haga su trabajo. Y cuando Jesús finalmente decide ir a Betania, le dice a Sus discípulos que se alegra de no haber estado ahí antes (Jn 11:15). ¿Cómo puede este ser el amor de Dios?

Jesús no nos deja con la pregunta. “Esta enfermedad”, por la que Lázaro tendría que morir, es “para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de ella” (versículo 4). Y unos días después, “ y por causa de ustedes me alegro de no haber estado allí, para que crean” (versículo 15). Aquí, en la última de las siete señales escritas en el Evangelio de Juan, Jesús declara el propósito de Sus maravillosas obras: que aquellos que las vieran creyeran y le atribuyeran la gloria. “¿No te dije [Él le pregunta a Marta] que si crees, verás la gloria de Dios?” (versículo 40).
Aquí, entonces, está el amor. ¿Escuchas Su propósito? Jesús se mantuvo alejado de Sus amigos, dejando que el dolor y la pérdida íntima los socavara como olas (¡cuatro días de luto!) para que pudieran contemplar la gloria de Dios y creer en el Hijo. Él dejó que Lázaro muriera porque Él vino a dar vida, lo cual es nada menos que conocer al único y verdadero Dios y Su Hijo, Jesucristo (Jn 10:10, 17:3).

Desorientados por el desorden
¿Por qué nos sacude así tal amor? Leemos que Jesús amaba a Marta, María y a Lázaro (Jn 11:5), por tanto nos sentimos confundidos acerca de por qué Él no va. Mientras nos sentamos en el dolor de nuestras propias angustias, concordamos con ambas hermanas cuando dicen: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto” (versículos 21, 32).
Quizás, internamente, queremos agregar un tono acusador a las palabras de los espectadores: “¿No podía Este, que abrió los ojos del ciego, haber evitado también que Lázaro muriera?” (versículo 37). ¿O haber guardado mi cuerpo, o prevenido que mis relaciones se destruyeran? ¿Tenías que dejar que Lázaro muriera para revelar la gloria de Dios? ¿Tenías que permitir que mi vida se deshiciera?

Estas tensiones, preguntas, y quizás frustraciones, revelan algo sobre nosotros. Creemos que sabemos qué es lo mejor para nosotros. ¿No es mejor la salud que la enfermedad? ¿No es mejor la vida que la muerte? ¿No es la seguridad y estabilidad mejor que un presente y futuro frágiles?
La forma en que Jesús amaba a Sus amigos en Betania expone nuestra presunción de jerarquía de bienes como fundamentalmente desordenada. Cuando pensamos que la vida, la salud, la seguridad laboral, un hogar decente o un retiro tranquilo es mejor para nosotros, seguimos el patrón del mundo a nuestro alrededor. Convencidos que una vida feliz consiste en obtener y mantener los bienes que se nos ha enseñado a valorar, nos frustramos, desanimamos y estamos descontentos ante su pérdida o ausencia. Los pequeños zarcillos de duda comienzan a envolverse alrededor nuestro mientras nos preguntamos si Dios realmente tiene nuestro bien en mente.
Necesitamos una historia así para despertarnos.

¿Cómo me ama Él?
“Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Jn 11:5). Y aún así, Lázaro murió.
Jesús te ama. Y aún así, puede quitarte el trabajo. Tu casa puede quemarse. Puedes contraer una enfermedad rara o enfrentarte al terrible horror del cáncer. Tu sueño para el futuro puede esfumarse por causa de una circunstancia imprevista.
El amor de nuestro Señor por nosotros es perfecto. Él simpatiza con nuestras angustias y nos conforta en el dolor. Pero no siempre nos da lo que creemos que es bueno porque Él tiene un mejor fin en mente. Él quiere que veamos Su gloria. Él aparta nuestro apego a bienes menores para que podamos conocerlo a Él como nuestro mayor bien y fuente de cualquier otro bien.
Al escapar de Egipto, nuestro Señor guió a Su pueblo al borde de la muerte, atrapándolos entre el Mar Rojo y el poderoso ejército de Faraón para que vieran Su gloriosa salvación (Ex 14:13). Él les permitió a María, Marta y a Lázaro experimentar el oscuro valle de la muerte para que vieran Su gloria (Jn 11:40).
“Hay algo mejor para ti”, Jesús dice, “que evitar el valle de sombra de muerte. Verás grandes dificultades porque quiero que veas la gloria de Dios. Te llevaré a través de dificultades que no esperabas, para que puedas contemplar una gloria que no te hubieras imaginado”.
Así es como Él nos ama.
Seth Porch es candidato a un PhD en la Universidad de Aberdeen y graduado del Bethlehem College and Seminary. Vive en Minnesota con su esposa y tres hijos.
Publicado originalmente en Desiring God.