Corre con fuerza

Así como el atleta se disciplina y se sacrifica por una corona que se marchita, los creyentes vivimos con los ojos puestos en el premio eterno de glorificar a Cristo y estar unidos a Él.
Foto: Unsplash

Febrero 25

“¿No saben que los que corren en el estadio, todos en verdad corren, pero solo uno obtiene el premio? Corran de tal modo que ganen. Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Por tanto, yo de esta manera corro, no como sin tener meta”. 1 Corintios 9:24-26

Las competencias de atletismo eran importantes en la cultura griega que permeó la parte este del Imperio romano durante el tiempo del Nuevo Testamento. Un comentarista resume Corinto como una ciudad cuyas masas pedían solo dos cosas: pan y espectáculo.¹

Otras competencias más pequeñas y locales daban diferentes premios, pero en los eventos principales solo había uno: a menudo, una corona de hojas de laurel o de pino. Los competidores pasaban meses y meses de su vida apartados de otras cosas que podrían haber disfrutado (relaciones, comida y comodidad, cosas que podrían socavar su habilidad para ganar) con el fin de poner la vista en esa corona de laureles. Pablo utiliza esta ilustración para animar a los creyentes a vivir con los ojos puestos en el premio eterno de glorificar a Cristo y de estar unidos a Él.

En las carreras escolares campo traviesa, lo que comienza como una gran asamblea por lo general se divide rápidamente en tres grupos: uno pequeño que va por la medalla de oro, la gran masa de corredores en el medio cuyo objetivo es “llegar bien” y los que se demoran: típicamente los cínicos, desilusionados y amargados. La palabra que Pablo utiliza para “correr” describe un esfuerzo, no de perdedor ni de un participante desanimado ni poco entusiasta, sino de ganador. Como cristianos, no debemos correr como sin tener meta. Debemos buscar la medalla de oro.

Vivir con un enfoque en el premio requiere sacrificio, y en específico, el sacrificio de cualquier deseo contrario a la voluntad de Dios. El término que se traduce como “el que compite” en el versículo 25 es la palabra agonizomenos, de donde viene nuestra palabra “agonía”. Ser un atleta es escoger no estar cómodo. Ser cristiano es escoger lo mismo. ¿Estamos preparados para agonizar y sacrificarnos por Cristo, sabiendo que solo entonces experimentaremos el gozo de ganar el premio de una vida bien vivida para Él? Ahora bien, ¿cómo debemos ofrecer tal sacrificio o correr con tal enfoque? No puede ser resultado de nuestra propia fuerza ni justicia. Esta es el alma y la sustancia de la religión falsa. No; solo nuestra unión con Cristo nos da el poder y el potencial para este cambio. Jesús puso el ejemplo de un sacrificio voluntario con el premio eterno en mente (Heb 12:2). Cuando Él respalda nuestro corazón y nuestra vida, no hay límite para la distancia que estaremos dispuestos a recorrer con gozo en nuestra carrera por Él, a medida que le seguimos.

Cuando se le pidió que explicara su plan para ganar la medalla de oro en la prueba de 400 metros planos de los Juegos Olímpicos de 1924, el famoso atleta y misionero escocés Eric Liddell dijo: “Yo corro los primeros 200 metros tan rápido como puedo. Luego, en los segundos 200, con la ayuda de Dios, corro más rápido aún”. Hoy, no corras sin propósito ni con lentitud. Con la ayuda de Dios, corre con más fuerzas por la medalla de oro, por Su causa y para Su gloria.


¹ Erich Sauer, In the Arena of Faith: A Call to the Consecrated Life [En la arena de la fe: Un llamado a una vida consagrada] (Eerdmans, 1966), 30.

Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios

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Alistair Begg

Alistair Begg is the senior pastor of Parkside Church in Cleveland, Ohio, the Bible teacher at “Truth For Life,” and the author of Brave by Faith: God-Sized Confidence in a Post-Christian World. He is married to Susan, and together they have three grown children and five grandchildren.

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