Enero 29
“Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de Su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por Su vida”. Romanos 5:10
Dios no es un abuelito sonriente ni un Santa Claus cósmico que se dedica a dar regalos y que no le importa lo demás. No. Él es santo y justo. Por tanto, los seres humanos, por causa del pecado, estamos separados de Dios. Existe una hostilidad entre la humanidad y nuestro Creador. Este no es un mensaje que escucharás muy a menudo y ciertamente no es muy agradable. Sin embargo, Dios no pasa por alto esta hostilidad. Él nunca lo ha hecho y nunca lo hará. La Escritura es muy clara en cuanto a la disposición de Dios hacia el pecado. De hecho, Pablo describe al ser humano como enemigo de Dios y deja en claro que el pecado nos separa de Él. El lenguaje de Pablo también nos recuerda las palabras del salmista, que dice de Dios: “Aborreces a todos los que hacen iniquidad” (Sal 5:5), un mensaje que no es agradable de leer ni fácil de entender a primera vista.
¿Dónde, pues, está nuestra esperanza? ¿Cómo podremos llegar a reconciliarnos con Dios? ¿Cómo puede Dios castigar el pecado como lo merece y, aun así, perdonar a los pecadores?
¡Cuán grande la sabiduría de Dios!
En el pecado y la vergüenza,
Vino un segundo Adán
A pelear y rescatarnos.¹
Jesús, por Su muerte en la cruz, satisfizo la justicia de Dios. Él cargó sobre Sí mismo la obligación de obedecer de manera perfecta la ley de Dios y nuestra deuda por no hacerlo. Luego, Él satisfizo nuestra obligación a través de Su vida sin pecado y canceló nuestra deuda por Su muerte sacrificial en la cruz. Cuando nuestra separación de Dios resultó en aborrecimiento de parte de Dios hacia nuestra existencia pecaminosa, Él no nos abandonó. En cambio, Dios vino y nos reconcilió mediante Su Hijo. Si esto no suena como la mejor noticia de todas, no has entendido de manera adecuada la seriedad de tu pecado, o la realidad de Su juicio o la magnitud de nuestra salvación.
Para los que han sido cristianos durante algún tiempo, es fácil que la familiaridad se convierta en indiferencia, si no en menosprecio. No obstante, la muerte de Cristo no es solo el punto de partida de nuestra fe; es nuestra fe. Así que, hoy, detente y mira cómo el segundo Adán, el humano perfecto, tuvo éxito donde el primer Adán falló, de manera que derrotó al diablo y revirtió los efectos de la caída. Este es el evangelio. Tus pecados han sido perdonados. Has sido rescatado. Ahora eres amigo, cuando alguna vez fuiste enemigo. Cristo es ahora tu confianza, tu paz y tu vida.
La realidad de estar en Cristo no es un asunto trivial; es una garantía asombrosa. Cuando estábamos indefensos ante el pecado, el poder de Cristo nos liberó. Cuando no podíamos pagar una deuda tan grande, Él la llevó en el madero (1P 2:24). Ahora, estás sentado con Él en los lugares celestiales. Tu éxito más grande hoy no te levantará más de lo que Él ya te ha levantado; tampoco tu más grande lucha o fracaso puede bajarte de ahí.
1 John H. Newman, “The Dream of Gerontius” “El sueño de Geroncio”.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
