Enero 14
“Jesús les preguntaba: ¿Qué discutían por el camino? Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor. Jesús se sentó, llamó a los doce discípulos y les dijo: ‘Si alguien desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos’” Marcos 9:33-35
Las rivalidades son parte integral de la vida. En un equipo, una rivalidad amistosa puede significar un incentivo mutuo para volverse más rápido o fuerte. Sin embargo, cuando esta se vuelve una ocasión para el egoísmo y la envidia, debilita la unidad.
De camino a Capernaúm, Jesús había estado enseñando a Sus discípulos con estas palabras: “El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará” (Mr 9:31). Quizás mientras Jesús caminaba delante de ellos, escuchó partes de la conversación de los discípulos que venían discutiendo. Su altercado estaba lleno de rivalidad envidiosa, y el tema era su propia grandeza. Es un mal tema de conversación en cualquier ocasión, pero en especial en este contexto. ¡Qué incongruente que, cuando Jesús estaba enseñándoles sobre Su propio sufrimiento y muerte, ellos estaban preocupados por su propio estatus y grandeza!
Jesús les preguntó sobre su conversación como una oportunidad para enseñarles. En una sola oración, puso totalmente de cabeza las ideas humanas sobre la grandeza. La verdadera grandeza en Su reino implica ponerte en último lugar y actuar como siervo hacia todos los demás. Esta fue, después de todo, la manera como el Rey de este reino vivió, y vive, porque Él no “vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos” (Mr 10:45).
Si somos honestos al considerar esta escena, vemos nuestro rostro reflejado en el de los discípulos. Escuchamos nuestra voz resonando con la suya. Descubrimos que peleamos por obtener posiciones, como ellos. Con frecuencia, las rivalidades envidiosas salen a la superficie y en los lugares menos esperados. Pero el antídoto es siempre el mismo: humildad. Todos necesitamos el tipo de humildad, escribe David Wells, que resulta en “libertad de nuestro propio yo y que nos permite estar en posiciones donde no tenemos reconocimiento, importancia, poder ni visibilidad, donde incluso experimentamos privaciones, pero donde tenemos gozo y deleite… Es la libertad de saber que no estamos en el centro del universo, ni siquiera en el centro de nuestro propio universo privado”1.
Es una lección difícil de aprender. No obstante, a pesar de nuestras rivalidades y de nuestra falta de humildad, Jesús no nos abandona. Ver nuestro rostro en esta escena es recordar que estamos constantemente necesitados de la gracia de Dios mientras avanzamos por el camino del discipulado. Solo la gracia de Dios puede liberarte de ti mismo. Solo contemplar a Aquel que dejó las glorias del cielo para morir en una cruz por ti puede transformar tu corazón de manera que busques servirlo, no ser servido, y que te importe cada vez menos tu prestigio de lo que te importa el bien de los demás. Jesús te llama hoy a servir, tal como te sirve Él a ti.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
1 Losing Our Virtue: Why the Church Must Recover Its Moral Vision [La pérdida de nuestra virtud: Por qué la iglesia necesita recobrar su visión moral] (Eerdmans, 1998), 204.
