Enero 10
“Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común” Hechos 2:44
Una de las más grandes atracciones de la iglesia primitiva a los ojos del mundo pagano a su alrededor era su vida en comunidad. ¿Qué unía a personas tan diversas: gentiles y judíos, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres (Col 3:11)? Jesucristo. No existía una explicación real para lo que hacía que estas vidas cristianas tuvieran algo en común, además de Él.
Desde aquellos días hasta hoy, la iglesia siempre ha estado unida en una comunión única marcada por diferentes cosas en común. Primero, tenemos una fe en común. La iglesia primitiva no se reunía con base en su etnicidad, educación, intereses ni ninguna otra cosa similar; en cambio, sometían su diversidad bajo una fe compartida en Jesucristo como su Salvador. Hoy, la palabra “comunión” sigue siendo una expresión elocuente de estas mismas unidad; hay un pan y una copa de las cuales participamos como un solo cuerpo. Jesús es el Pan de vida, Aquel que nos sostiene y nos une.
Segundo, tenemos una familia en común. Cuando creemos en Jesús como nuestro Salvador, recibimos la bienvenida a Su familia junto con otros creyentes, donde todos tenemos el mismo Padre celestial. Este vínculo familiar trasciende aun a la familia terrenal, porque la familia de la fe es eterna. Como tal, debemos buscar los intereses de nuestros hermanos y hermanas espirituales. Si como creyentes no nos amáramos unos a otros, no solo sería triste, sino también contradictorio: “Y este mandamiento tenemos de Él: que el que ama a Dios, ame también a su hermano” (1Jn 4:21).
Tercero, por la gracia de Dios, la verdadera iglesia también experimenta un sentimiento común. Vemos una versión inferior de esto en un evento deportivo: cada aficionado individual es diferente, pero juntos comparten un mismo sentir, convicción y meta. A veces, se elevan juntos y otras, se desaniman juntos. De manera similar, como miembros de una familia, compartimos el gozo, la paz, el dolor y la tristeza de los demás. Pablo lo dijo así: “Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él” (1Co 12:26). La metáfora de Pablo en este capítulo asemeja a la iglesia con un cuerpo: como creyentes, somos diferentes y tenemos fortalezas y debilidades variadas, de manera que componemos un cuerpo que trabaja mejor junto que separado. Mis limitaciones y debilidades son complementadas por tus fortalezas, y viceversa.
Todas las familias tienen dificultades y luchas, y todos somos pecadores; por lo tanto, es fácil olvidarnos del privilegio de pertenecer al pueblo de Dios. ¿Cuándo fue la última vez que le agradeciste a tu Padre por la familia de tu iglesia? ¿Cuándo fue la última vez que miraste alrededor el domingo para ver a tus hermanos congregados y te permitiste ser alentado al saber que eres parte de esto, por gracia? Nuestro mundo, tal como en la época de los apóstoles, está lleno de divisiones y de soledad. La gente está fragmentada, temerosa y perdida. En cambio, nosotros, el cuerpo unido de Cristo, podemos ofrecer a este mundo un compañerismo profundo y un futuro eterno lleno de esperanza. Tienes la oportunidad de convertirte en las manos y pies físicos de tu Padre celestial a medida que tocas la vida de las personas y los invitas a Su familia. ¿Tomarás la oportunidad?
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
