Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; pero la sabiduría está con los humildes… Delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la arrogancia de espíritu (Pro 11:2; 16:18).
Si fueras a poner una emboscada a un creyente y atraerlo con alguna tentación, ¿cuándo lo harías? ¿Cuándo crees que sería más vulnerable, más propenso a ignorar todo lo que sabe acerca de Dios, la santidad y el gozo, y a creer —aunque sea por un momento devastador— que el pecado podría ser más satisfactorio y gratificante que todo eso? ¿Cuándo atacarías?
El mismo Satanás podría decir (si fuera capaz de ser honesto), que somos más vulnerables justo después de una gran victoria o liberación. John Newton observó este hilo inquietante (y esclarecedor) que se entreteje a lo largo de los gigantes espirituales de las Escrituras:
He observado que la mayoría de las ventajas que se registra que Satanás ha obtenido contra los siervos del Señor, han sido después de grandes y notables liberaciones y favores; como en los casos de Noé, Lot, David y Ezequías. Y lo he encontrado así repetidamente en mi propia experiencia (Cartas de John Newton, 175).

¿Cuántas veces hemos visto lo mismo? Dios parece derramar repentinamente la unción y el favor sobre un ministerio lleno de fe, solo para que esa persona traicione Su gracia con un beso falso, con algún acto igualmente sorprendente de incredulidad. Con un pecado atroz.
Claro, esperamos que Satanás venga en pruebas y aflicciones, para aprovecharse de los confundidos y heridos. Pero ¿lo esperamos cuando las cosas van inusualmente bien? Realmente deberíamos hacerlo.
La caída en los días de la victoria
¿Cuándo cayó Noé? Recordamos la humillante escena: “Noé comenzó a labrar la tierra, y plantó una viña. Bebió el vino y se embriagó, y se desnudó en medio de su tienda” (Gn 9:20-21). ¿Y cuándo ocurrió eso? Justo después de una de las mayores liberaciones de la historia, cuando el poderoso diluvio de Dios acabó con todas las familias de la tierra, excepto una.
“Noé era un hombre justo, perfecto entre sus contemporáneos” (Gn 6:9). No cayó cuando Dios le pidió que hiciera algo increíblemente difícil. No cayó cuando las multitudes ignoraron sus advertencias y se burlaron del arca. No cayó cuando pasaron cuarenta días en el barco y la paloma regresó con el pico vacío. No, cayó en los días de su reivindicación.

¿Cuándo cayó David? “Aconteció que en la primavera, en el tiempo cuando los reyes salen a la batalla…” (2S 11:1). El versículo puede resultar inquietantemente familiar, incluso si nunca has intentado memorizarlo. David envió a hombres buenos a la guerra mientras él “permaneció” en el sofá. “Al atardecer David se levantó de su lecho y se paseaba por el terrado de la casa del rey, y desde el terrado vio a una mujer que se estaba bañando; y la mujer era de aspecto muy hermoso” (2S 11:2). Entonces llamó a la mujer, se acostó con ella y mandó matar a su marido.
¿Y cuándo ocurrió todo eso? Justo después de que David había cabalgado a la batalla y asestado un golpe demoledor a los sirios, matando a decenas de miles de enemigos (2S 10:18-19). No cayó cuando Saúl lo calumnió repetidamente e intentó matarlo. No cayó cuando su hijo Absalón lo traicionó y le robó el trono. No, cayó en un día de victoria.

Lo mismo ocurrió con Lot, que cayó justo después de que Dios lo sacara del azufre y el fuego que caían sobre Sodoma y Gomorra (Gn 19:30-38). Y lo mismo ocurrió con Ezequías, que cayó justo después de que Dios sanara al rey cuando estaba al borde de la muerte (2R 20:12-19). Parece que la tentación suele llegar en los mejores momentos, cuando estamos en la cima espiritual o disfrutando de alguna victoria espiritual. Garrett Kell lanza una advertencia: “Si el pecado sedujo al hombre más fuerte (Sansón), al hombre más sabio (Salomón) y al hombre según el corazón de Dios (David), también puede burlarte, dominarte y vencerte a ti”. En palabras del propio Salomón, “delante de la destrucción va el orgullo”, porque Satanás sabe que el choque es más duro y destructivo cuando caemos desde la cima de la montaña del favor de Dios (ver Proverbios 16:18).

Un plan de batalla para los días mejores
¿Has experimentado recientemente algún tipo de avance? ¿Ha bendecido Dios el ministerio en tu iglesia o vecindario? ¿Está Dios respondiendo a grandes oraciones en tu trabajo y dándote nuevas medidas de éxito? ¿Ha venido finalmente a Jesús un familiar perdido hace mucho tiempo? ¿Se ha restaurado y endulzado alguna relación terriblemente rota? No dejes que esta gracia repentina y evidente del Señor se convierta en una excusa para relajarte y dejar de luchar. No, debes ser “de espíritu sobrio,. [y estar] alerta” (1P 5:8). Tu enemigo sigue acechando, tal vez incluso más cerca que antes, en días de gran victoria.

Proverbios 3:5-8 establece un plan de batalla contra la complacencia orgullosa que con tanta frecuencia aparece en los días de favor:
Confía en el Señor con todo tu corazón,
Y no te apoyes en tu propio entendimiento.
Reconócelo en todos tus caminos,
Y Él enderezará tus sendas.
No seas sabio a tus propios ojos;
Teme al Señor y apártate del mal.
Será medicina para tu cuerpo
Y alivio para tus huesos.
Cuando Dios bendiga el trabajo de tus manos, recuerda que, en última instancia, es el trabajo de Sus manos. Reconócelo en todos tus caminos y rechaza la idea de que tu éxito demuestra tu sabiduría y fuerza. El siguiente versículo refuerza esta idea: “Honra al Señor con tus bienes y con las primicias de todos tus frutos” (Pro 3:9). Toma todo con lo que Él te bendice —en salud, en sabiduría espiritual, en matrimonio, en la crianza de los hijos, en el ministerio— y encuentra la manera de honrarlo con ello.

Y si tú, como Noé, David, Lot o Ezequías, ya has caído desde algún lugar elevado en la tentación, ten por seguro que Dios tiene gran misericordia incluso para las grandes caídas. En la misma carta pastoral de Newton, justo debajo de la advertencia anterior, el buen pastor dice:
Cuando hemos dicho todo lo que podemos sobre la abundancia del pecado en nosotros, la gracia abunda aún más en Jesús. No podemos ser tan malvados como Él es bueno. Su poder es un buen contrapeso para nuestra debilidad; Sus riquezas para nuestra pobreza; Su misericordia para nuestra miseria. Somos viles en nosotros mismos, pero somos completos en Él. En nosotros mismos tenemos motivos para sentirnos humillados, pero en Él podemos regocijarnos. (Cartas de John Newton, 176).
Publicado originalmente en Desiring God.
