Es muy probable que en más de una ocasión hayamos escuchado la popular frase: “Debemos disfrutar la vida, porque a este mundo hemos venido para ser felices”. Esta idea resuena en nuestra cultura, promovida por libros de autoayuda, campañas publicitarias, conversaciones cotidianas, libros y redes sociales. Se ha convertido en una especie de verdad universal, una brújula que supuestamente debe guiar nuestras decisiones y aspiraciones. La idea resulta innegablemente atractiva porque apela a un anhelo profundo del corazón humano por el bienestar, la ausencia de dolor y la plenitud.
Sin embargo, a pesar de su popularidad, si examinamos esta afirmación desde una perspectiva bíblica, descubrimos una tensión. Aunque suena inspiradora, temo que no es del todo cierta y puede, sin querer, desviar nuestro verdadero propósito. La cosmovisión cristiana nos enseña que, si bien Dios no se opone a nuestra alegría, la búsqueda de la felicidad, entendida como comodidad y ausencia de pruebas, no es la razón principal de nuestra existencia. Entonces, ¿qué sucede cuando la vida no es feliz; cuando llegan el sufrimiento, la pérdida o la prueba? ¿Significa que hemos fracasado en nuestro propósito?

El problema de la felicidad terrenal
La creencia de que nuestro objetivo principal en la tierra es alcanzar la felicidad como el mundo la define, plantea un problema teológico fundamental: si esta vida estuviera diseñada para nuestra completa satisfacción y comodidad, ¿qué nos impulsaría a anhelar la vida venidera? Si nos acostumbráramos a vivir sin dificultades en este mundo caído, la promesa de una eternidad gloriosa con Cristo perdería su urgencia y valor. El cielo dejaría de ser ese hogar anhelado para convertirse en una simple continuación de lo que ya tenemos. Fuimos creados para algo más grande y duradero, y la insatisfacción inherente a esta vida es, en sí misma, una brújula que apunta hacia nuestra verdadera patria.

Ahora bien, la vida cristiana no se presenta en las Escrituras como un camino fácil, sino como una entrega constante. La lucha diaria de cualquier creyente nacido de nuevo consiste en morir a los deseos de la carne y a los anhelos egoístas para seguir a Cristo. Jesús mismo lo dejó claro en el Evangelio de Marcos con estas palabras: “Llamando Jesús a la multitud y a Sus discípulos, les dijo: Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame” (Mr 8:34). “Tomar la cruz” implica, por definición, dejar de buscar nuestro propio bien para buscar la gloria de Dios. Significa rendir nuestros anhelos y vivir para cumplir Su voluntad y Sus propósitos.

Este camino, inevitablemente, incluye luchas, persecuciones, desiertos, pruebas y, en muchas ocasiones, sufrimiento injusto. Eso no suena a que hayamos venido a esta tierra para ser felices con lo que el mundo nos ofrece. Por tanto, las dificultades no deberían tomarnos por sorpresa. El apóstol Pedro nos advirtió sobre ello: “Amados, no se sorprendan del fuego de prueba que en medio de ustedes ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña les estuviera aconteciendo” (1P 4:12).
No obstante, lejos de ser un castigo sin sentido, estas pruebas tienen un propósito redentor. Sabemos que Dios las utiliza para nuestro bien, tal como lo afirma el apóstol Pablo: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito” (Ro 8:28). La Biblia está llena de ejemplos de hombres y mujeres de fe (José, Abraham, Job, David, Ester, Pablo), que soportaron calamidades por amor a Cristo, demostrando que el sufrimiento es parte integral del servicio a Dios en esta tierra.

El gozo eterno: nuestra verdadera esperanza
Entonces, si la vida cristiana incluye el sufrimiento, ¿estamos condenados a vivir en amargura? De ninguna manera. Aquí es crucial evaluar en qué se fundamenta nuestro gozo. ¿Depende de las circunstancias externas o descansa en Cristo?
Analicemos al apóstol Pablo, quien escribió su carta a los Filipenses desde una cárcel, a punto de ser ejecutado. Pero, en lugar de estar deprimido, su carta rebosa de gozo; su perspectiva era radicalmente diferente, como él mismo confiesa: “Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Fil 1:21). ¿Cómo es posible? Porque su mirada no estaba puesta en sus cadenas ni en su injusta situación, sino en la eternidad.
El gozo de Pablo no nacía de la ausencia de dolor, sino de la presencia de Cristo en él. La fuente de su gozo era Jesucristo y la gloria eterna que le esperaba. Esto nos enseña que es absolutamente posible vivir con gozo en medio de las pruebas, no porque minimicemos el dolor, sino porque nuestra mirada está puesta en el Dios soberano que orquesta todas las cosas para nuestro bien y para Su gloria. Su vida es el claro ejemplo de una persona que no nació para ser feliz en esta tierra, sino que anheló la eternidad.

Si nuestra meta no es la felicidad terrenal, entonces vale la pena enfocar toda nuestra esperanza en el gozo eterno. Esto es lo único que no puede ser arrebatado por las circunstancias. Cuando nuestra fuente de paz y alegría se fundamenta en Cristo, encontramos una estabilidad que el mundo no puede ofrecer. Pablo, lleno de Cristo, nos da la fórmula ahí mismo en Filipenses:
Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense!… Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús (Fil 4:4-7).

La seguridad del creyente no reside en una vida sin problemas, sino en la promesa inquebrantable de que Dios está con nosotros a medida que caminamos por el mundo haciendo Su voluntad. Cristo mismo prometió estar a nuestro lado “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28:20). Esta es el ancla de nuestra alma: la certeza de la presencia de Dios hoy y la promesa de un futuro donde “Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor” (Ap 21:4). Esa es la felicidad por la que vale la pena vivir y esperar.
Saber que nuestro destino final es la eternidad tiene implicaciones prácticas para nuestro día a día. ¿Cómo vive un cristiano que anhela el cielo mientras sus pies están en la tierra? Al menos de tres formas:
- Abraza las pruebas. El sufrimiento nos ayuda a conocer más a nuestro Creador, nos obliga a depender de Él y nos enseña Su voluntad. El salmista lo expresó así: “Bueno es para mí ser afligido, para que aprenda Tus estatutos” (Sal 119:71). Bendito sea Dios que, por medio del dolor, nos recuerda que este mundo es temporal y nos acerca a Él.
- Predícale a tu propia alma. En momentos de angustia, debemos recordarnos activamente dónde está nuestra verdadera esperanza. Como el salmista, debemos preguntarle a nuestra alma abatida: “¿Por qué te desesperas, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues lo he de alabar otra vez. ¡Él es la salvación de mi ser, y mi Dios!” (Sal 42:11). Debemos ordenarle: “Alma mía, espera en silencio solamente en Dios, pues de Él viene mi esperanza” (Sal 62:5) y recordarle: “Vuelve, alma mía, a tu reposo, porque el Señor te ha colmado de bienes” (Sal 116:7).
- Satura tu mente con Su Palabra. La fuente de nuestra paz y gozo es Cristo, y lo conocemos a por medio de las Escrituras. Leer, memorizar, amar y creer Su Palabra es el alimento que nos sostiene y nos permite perseverar ante cualquier circunstancia.

Bendito sea Dios que no nos permite ser completamente felices con lo que el mundo ofrece, para que no nos acostumbremos a lo temporal y banal. Benditas las pruebas que nos recuerdan que no pertenecemos a este mundo, sino a un reino celestial. Esforcémonos, pues, por conocer al Señor, confiando en que Él, que nos ha herido, también nos sanará y nos vendará (Os 6:1-3).