Enero 30
“El SEÑOR estaba con José, que llegó a ser un hombre próspero”. Génesis 39:2
No hay mejor lugar para servir a Dios que donde Él te ha colocado. No existe un trabajo intachable, una familia sin falla ni un conjunto de circunstancias sin problemas. Los que estamos buscando constantemente la vida ideal y nos olvidamos de que la perfección se encuentra solo en el cielo, nos lanzamos hacia un camino marcado por desilusiones frecuentes.
Nos quedaríamos cortos si dijéramos que las condiciones que José experimentó fueron menos que ideales. Después de comenzar su vida como objeto del amor especial de su padre, se encontró siendo objeto de las transacciones de traficantes de esclavos. La seguridad de su hogar familiar fue reemplazada con las cadenas de la esclavitud.
Como José, todos vemos cómo nuestras circunstancias cambian con el tiempo. Podemos alejarnos de nuestro hogar de toda la vida, nuestros seres queridos pueden enfrentar problemas, o alguna dificultad financiera o de salud puede golpearnos de manera inesperada. Pero pocos de nosotros hemos experimentado un colapso tan precipitado como el de José. (Y, si te ha sucedido, ¡qué alentador es saber que la Escritura incluye historias de la intervención de Dios en la vida de personas como tú!). Podemos pensar que José tuvo todas las razones para huir, esconderse o rendirse, o para rebelarse; no obstante, la presencia de Dios lo condujo a través de cada valle hasta la salida.
José no recibió protección de sus circunstancias; él recibió protección en medio de sus circunstancias. Fue protegido por la presencia de Dios. Aquí hay una lección para nosotros. Nunca es la perseverancia, el conocimiento ni la sabiduría del creyente lo que lo protege. En cambio, el siervo de Dios es protegido por la misma presencia de Dios. Es natural para nosotros pedirle a Dios que cambie nuestras circunstancias, que se lleve las grandes dificultades o que nos saque de las pruebas. Miramos a nuestro alrededor y pensamos: “¡Nunca me inscribí para esto!”. Comenzamos a creer la mentira de que todo estará bien si tan solo podemos alejarnos de nuestros problemas o si estos se desvanecen. Sin embargo, la realidad es que, sin importar a dónde vayamos, los problemas vendrán y la perfección será difícil de encontrar de este lado del cielo. Nuestro único refugio, como dice el salmista, es el Señor (Sal 11:1).
Dios pudo haber ordenado de manera diferente la vida de José. En cambio, Él escogió permitir que los eventos sucedieran de la manera que lo hicieron. Su propósito fue que “en los peligros y aflicción”¹, Él sustentara a Su siervo. El Señor no estuvo menos con José, mientras caminó encadenado y se sentó en el mercado de esclavos que cuando fue exaltado con respeto y prominencia en la casa de su amo. Y la presencia del Señor está con nosotros también. De hecho, Él nos ha prometido: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat 28:20)… en el valle y también en la cima de la montaña. ¿En qué situación te ha colocado Dios hoy? Y ¿cómo saber que Él está ahí contigo y tiene un trabajo honroso para ti ahí cambiará tu perspectiva de las circunstancias que habrías escogido y de las que seguramente no?
1 John Newton, “Sublime gracia”, trad. Cristóbal E. Morales (1779).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
