Desde hace décadas, la humanidad cuenta con una herramienta extraordinaria que flota a cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas: el Telescopio Espacial Hubble. Es, básicamente, un ojo gigante y ultra potente diseñado para observar el universo desde fuera de nuestra atmósfera. El problema de los telescopios que tenemos en la Tierra es que el aire, las nubes y la contaminación distorsionan la luz que llega de las estrellas; es como intentar ver el fondo de una piscina mientras alguien está chapoteando. Pero este telescopio, al estar en el vacío del espacio, puede captar imágenes con una claridad que ningún instrumento terrestre podría igualar jamás.
Es una de las máquinas más caras y complejas creadas por el hombre, costando miles de millones de dólares y requiriendo el trabajo coordinado de cientos de científicos e ingenieros. Debido a su altísimo costo, cada minuto que el telescopio pasa apuntando a un lugar específico debe estar plenamente justificado. Por eso, lo que ocurrió en 1995 fue tan escandaloso para la comunidad científica.

Robert Williams, quien entonces era el director del instituto que manejaba el Hubble, decidió realizar una apuesta que muchos calificaron como un desperdicio masivo de recursos. Williams decidió apuntar el lente del telescopio hacia una zona del cielo que todos los observatorios terrestres habían catalogado como un espacio vacío. Era una mancha negra, un rincón de absoluta nada donde, supuestamente, no había luz ni materia. Peor aún: ordenó que el telescopio se quedara mirando ese punto negro por diez días seguidos.
Muchos pensaron que Williams estaba tirando el dinero a la basura. ¿Para qué mirar donde no hay nada? Sin embargo, cuando los datos finalmente llegaron a la Tierra y fueron procesados, la imagen resultante cambió la historia de la astronomía. Aquella mancha negra, aquel punto de aparente vacío, contenía en realidad más de 3000 galaxias y billones de estrellas. La luz siempre estuvo allí, pero el ojo humano, limitado por telescopios inferiores, simplemente no era capaz de captarla. Necesitábamos un “mejor ojo” para ver la gloria que estaba escondida en la oscuridad.

Esta realidad científica nos deja una lección espiritual profunda que atraviesa la experiencia de todo cristiano: necesitamos mejores ojos. Y la Semana Santa es quizás el momento del año en donde más debemos pedir una mejor visión. En estos días recordamos la resurrección de Cristo. Sin embargo, ¿realmente vemos la profundidad de lo que estamos celebrando?
La paradoja de la ceguera del creyente
Pablo entendía esta necesidad de mejores ojos. En Efesios 1:15-23, les dice a los creyentes en esa ciudad que ora por ellos, y esto es lo que pide:
…pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, les dé espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de Él. Mi oración es que los ojos de su corazón les sean iluminados… (vv 17-18).
Lo curioso es que Pablo no escribe a personas que no conocen a Dios, sino a creyentes que ya dan testimonio de su fe en Jesús y de su amor por los demás (v 15). ¿No se supone que ellos ya han visto la verdad del evangelio con los ojos del corazón?
Aquí reside una paradoja que todo seguidor de Cristo debe abrazar con humildad: es posible ser un creyente fiel y, al mismo tiempo, ser ignorante de la magnitud de la gloria que nos rodea. Pablo sabe que, aunque hayamos sido rescatados de las tinieblas y todas las riquezas celestiales estén aseguradas para nosotros (Ef 1:3-14), nuestra visión espiritual suele ser borrosa.

Podemos ilustrar esto con la experiencia de la paternidad. Un niño pequeño que nace en un hogar estable tiene aseguradas bendiciones inmensas: amor incondicional, protección, alimento y una herencia futura. Sin embargo, el niño no comprende la magnitud de lo que posee. Disfruta del calor del hogar, pero no entiende el sacrificio, el costo ni la fidelidad que sostienen ese techo. Le tomará años, quizá décadas, desarrollar la madurez necesaria para mirar a sus padres y decir: “Ahora entiendo lo que siempre tuve”.
En nuestra vida espiritual ocurre lo mismo. Hemos sido adoptados en la familia de Dios y hemos recibido riquezas celestiales, pero somos, en gran medida, ignorantes de nuestra propia herencia. No es que nos falte estudio académico o teología teórica; lo que nos falta es una iluminación divina que transforme la información en una realidad que sature nuestra visión diaria. Necesitamos mejores ojos… especialmente, para apreciar la resurrección.

El poder de la resurrección
En su oración, Pablo pide por varias realidades espirituales que los efesios necesitan ver mejor, y valdría la pena profundizar en cada una de ellas. Sin embargo, hay una de ellas que es enfática; el apóstol le dedica los versículos 19-23, pues su importancia va más allá de nuestra comprensión. ¿Cuál es esa realidad? “La extraordinaria grandeza del poder de Dios”.
¡Pablo quiere que sepamos cuál es la fuerza que está operando a nuestro favor! Y para que no nos confundamos con definiciones abstractas de Su poder, nos ofrece una medida concreta. El poder que Dios pone a disposición de quienes creemos no es una energía mística, sino el mismo poder que “que obró en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos” (v 20).

Este es el núcleo de lo que necesitamos ver. Con frecuencia, el creyente se siente impotente ante la tentación del pecado, ante el dolor de la pérdida o ante una cultura que parece rechazar cada vez más los valores del Reino. En esos momentos, nuestra visión se encoge. Vemos la “mancha negra” de nuestra fragilidad y olvidamos que el recurso que tenemos a mano es el poder que removió la piedra de la tumba.
Por eso, necesitamos ver que el poder más grande de la historia está a nuestro favor. Y no solo es la mayor demostración de fuerza porque haya devuelto vida a un cuerpo humano (que de por sí es algo asombroso). Ese poder es magnífico porque lo sentó a la diestra del Padre, en los lugares celestiales. Esto significa que la resurrección fue el preludio de un reinado absoluto. Cristo resucitado está ahora “muy por encima de todo principado, autoridad, poder, dominio y de todo nombre que se nombra” (v 21). Él venció la muerte física, venció al pecado y venció cualquier autoridad que en el universo se levanta en contra de Su gloria.
Así, cuando nuestros ojos son iluminados, empezamos a ver el mundo de otra manera. Ya no vemos a las autoridades terrenales, a las crisis económicas o a las jerarquías espirituales de maldad como fuerzas definitivas. Los vemos como poderes sometidos. Pablo usa un lenguaje de victoria militar al decir que Dios “todo lo sometió bajo Sus pies” (v 22). En el Edén, el hombre perdió el dominio de la tierra por causa del pecado, pero Cristo, el nuevo Adán, ha recuperado ese dominio plenamente.

Viviendo en la luz de lo invisible
Seamos sinceros: regularmente nos es más fácil ver el poder de los enemigos que nos rodean. Nosotros somos como aquel siervo de Eliseo cuando el rey de Asiria llegó con un gran ejército y rodeó la ciudad (2R 6:15-17). El siervo, temblando de miedo, le preguntó a Eliseo: “Señor mío, qué haremos”, y el profeta le responde: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos”. Y entonces, Eliseo pide lo mismo que Pablo pide aquí: que sus ojos sean iluminados. Cuando el Señor abre los ojos del siervo, ve que el monte está lleno de carros de fuego que pelean a su favor.

Así, en Semana Santa, necesitamos mejores ojos para entender que el poder de la resurrección está a favor nuestro. Necesitamos mejores ojos para dejar de ver la mancha negra y encontrar la infinita luz que nuestra visión limitada no logra captar. Si tenemos los ojos iluminados, entenderemos que nuestra unión con Cristo significa que ese mismo poder que lo levantó de la muerte es el que nos capacita hoy para decir “no” al pecado, para trabajar por Su reino y para perseverar cuando todo parece indicar que deberíamos rendirnos.