Febrero 3
“Cuando oren, digan: ‘Padre, santificado sea Tu nombre’”. Lucas 11:2
En el momento en que un niño es adoptado, toda su vida cambia; recibe un nuevo nombre, una nueva familia y, a menudo, un nuevo estilo de vida. Sin embargo, esa realidad legal puede existir sin que el niño tenga un verdadero sentido de pertenencia en la familia. Una cosa es que el niño llegue a vivir en un hogar y otra realidad mucho más profunda es que la experimente por completo y exprese la unidad de una familia: que llame a sus nuevos padres “Mami” y “Papi”.
Lo mismo sucede con respecto a nuestra adopción espiritual cuando profesamos fe en Jesucristo. Esta cambia nuestro estatus de manera radical, eterna e incontrovertible. Sin embargo, Dios no está satisfecho simplemente con cambiarnos el nombre, por decirlo así. Él anhela que experimentemos la maravilla de pensar en Él como nuestro Padre celestial. Para hacerlo, Él nos da Su Espíritu para moldear nuestro carácter y para ayudarnos a ver nuestra relación con Él como la de un hijo y un Padre. “Porque ustedes son hijos”, Pablo le dijo a la iglesia en Galacia, “Dios ha enviado el Espíritu de Su Hijo a nuestros corazones, clamando: ‘¡Abba! ¡Padre!’” (Ga 4:6).
La experiencia cristiana no debería ser una simple transacción legal. Es mucho más que dogma o doctrina. La salvación no es solo el perdón de los pecados; también es la bienvenida a la transformación por el poder del Espíritu. El cristianismo no es mecánico, sino relacional. Lo que Jesús logró de manera objetiva y legal en la cruz, el Espíritu lo continúa de forma subjetiva y empírica en nuestro corazón. Hemos sido rescatados, aceptados y amados. Con este cambio, podemos anticipar devoción, pasión, lágrimas, iluminación, participación y, en última instancia, alabanza.
Cuando nos vemos tentados a olvidar nuestro nuevo estatus como hijos de Dios, el Espíritu está allí para testificar: ¡No, realmente eres Suyo! Has sido comprado con el precio más alto. Eres amado y atesorado. Cuando no hemos hecho lo que Dios nos pide que hagamos y nos sentimos lastimados, destrozados y desanimados, el Espíritu nos ayuda a clamar: “Ah, Padre, Padre, ¿me ayudarías por favor?”. Estas peticiones deberían servirnos como recordatorios de la maravilla de la obra completa de Jesús: Su sacrificio redentor y la llegada del Espíritu a vivir en nuestro corazón.
Dios sella nuestra adopción como hijos e hijas, no con alguna señal o don específico, sino con el testimonio persuasivo de Su Espíritu. Al hablar con Él en oración, al escucharlo en Su Palabra y al caminar con Él, crecemos en nuestra percepción de Su poder y de Su obra en nosotros. Ya que hemos sido liberados de la maldición del pecado y recibido la bendición de la adopción, podemos clamar a Dios como nuestro Padre, adorarle y alabarlo en espíritu y en verdad.
Cristiano, hoy, sin importar qué otras cosas son verdad de ti, aquí está la realidad más grande: eres un hijo adoptado por Dios. Nada ni nadie puede cambiar eso. Por tanto, hoy, sin importar lo que estés sintiendo, permite que esta verdad sea lo que más te consuele, te afirme, te tranquilice y te motive: eres un hijo de Dios.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
