Marzo 20
Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a Sí mismo por mí (Gálatas 2:20).
Cuando la alarma sonó a las 4:59 esta mañana, pensé por una fracción de segundo en la absoluta realidad de la muerte y el presentarme ante un Dios absolutamente santo, sin nada que me hable a favor mío excepto mi propia vida.
El horror de este pensamiento solo fue sobrepasado por un golpe de la realidad: Cristo Jesús murió para este momento.
Entonces el pensamiento desapareció.
Mi sentir inmediato fue: esta es la esencia de lo que ocurre cuando alguien se convierte. Esta es la manera en que una persona descubre que Cristo Jesús es real. Es así como alguien llega a deleitarse en el amor de Cristo. De pronto, por primera vez, llegan a ver con los ojos del corazón y a sentir la realidad innegable de tener que encontrarse con Dios teniendo cargo de culpabilidad.
El impacto de esa visión es devastador. Nos hace darnos cuenta de que la única esperanza es un Mediador. Parados solos, sin nada que hable a nuestro favor excepto nuestra propia vida pecaminosa, estamos completamente perdidos. Si hay alguna esperanza de pasar la eternidad en la presencia de este Dios, necesitaremos un Redentor, un Sustituto, un Salvador.
En este punto de terrible crisis, nada brilla más que el evangelio de Cristo Jesús, “el cual me amó y se entregó a Sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). En esa fracción de segundo, antes de que Él estuviera en mi mente, se me concedió ver la oscuridad abrumadora y el horror del juicio; no fue una deducción teológica, ni una conclusión meramente racional, ni un simple pensamiento, sino un vistazo con el ojo interior con pleno conocimiento, sentimiento y seguridad.
Nuestro Dios es fuego consumidor. Él no verá la maldad. Estamos completamente perdidos. Mi culpa fue tan enorme, tan real, tan incuestionable en esa fracción de segundo, que no existió ni la más remota posibilidad de dar excusas. Fue súbito, envolvente e infinitamente desesperanzador.
En este momento Jesús es lo único que importa. ¡Oh Cristo! ¡Oh Cristo! ¡¿Puede mi corazón contener la oleada de gratitud?! ¡Oh Regalo de Dios, mi única y desesperada Necesidad!
