Abril 3
“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde los discípulos se encontraban por miedo a los judíos, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y les dijo: ‘Paz a ustedes’”. Juan 20:19
Cuando Jesús se apareció por primera vez a los discípulos después de Su resurrección, ellos se escondían detrás de puertas cerradas, temiendo lo que las autoridades que habían crucificado a su líder harían a continuación. Pero las puertas cerradas no pudieron detener a Jesús. Nada le impidió entrar en la casa y volver a entrar en sus vidas, demostrando que era su Salvador y su esperanza viva. Pudo ser visto, oído, tocado y conocido, y se acerca a nuestras vidas de la misma manera. No importa dónde estemos o lo que hayamos hecho, Cristo puede entrar en nuestras vidas —nuestra tristeza, nuestra oscuridad, nuestro miedo, nuestras dudas— y hacerse ver y conocer, declarando: “Paz a ustedes”.
Tal vez seas un “Tomás incrédulo”, que se apresura a cuestionar asuntos de fe. Hasta cierto punto, las preguntas son buenas y saludables. Tomás fue directo a Jesús, diciendo esencialmente: No voy a creer en Ti a menos que pueda realmente poner mi dedo en Tus heridas. Jesús respondió a Tomás, parafraseando: Muy bien, si eso es lo que necesitas, aquí tienes (Jn 20:24-29). Jesús puede encontrarnos en nuestras dudas. O tal vez seas un Pedro negador, rápido para renunciar a tu identidad en Cristo y para sentir la condenación por la manera en que has pecado. Jesús tomó a Pedro, que le había cuestionado innumerables veces y que, además, se derrumbó ante la pregunta de una sirvienta, y lo convirtió en la roca sobre la que se edificó su iglesia (Mt 16:18). Jesús nos acepta a pesar de nuestros defectos y utiliza nuestras vidas de forma transformadora. O quizás seas una María Magdalena deshonrada, cuyo pasado te persigue, haciéndote sentir indigna del amor y la aceptación de Jesús. Sin embargo, Dios no ordenó que el primer encuentro registrado de Jesús después de Su resurrección fuera con una maestra de escuela dominical, sino con una mujer que tenía un pasado sucio plagado de pecados y que incluso había sufrido una posesión demoníaca. No fue una casualidad que el primer abrazo, por así decirlo, del Cristo resucitado fuera con una persona así. Él nos ofrece este mismo abrazo redentor a nosotros.
Jesús puede traspasar las puertas cerradas; puede llegar a los corazones endurecidos. Por medio de Su muerte y resurrección, fue capaz de construir un puente sobre la brecha que el pecado había abierto entre la humanidad rebelde y un Dios justo. Debemos recibir la salvación que Él ofrece gratuitamente. Debe estar fresca en nuestras mentes cada día.
¿Lo has hecho? ¿Has recibido a Jesús incondicionalmente y sin reservas? ¿Lo abrazas a diario? ¿Recibes Su evangelio cada mañana? Confiar de esta manera significa que nos entregamos al servicio de Dios. Nos sometemos a Su señorío como nuestro Salvador. Tomamos las promesas de Dios de corazón, y tomamos la salvación que Él ofrece libremente. Al creer esto, verás que Él está a tu lado, ofreciéndote una paz eterna e íntima que triunfa y transforma tu tristeza, tu oscuridad, tu miedo, tus dudas. Escucha que Cristo resucitado te dice: “La paz sea contigo”.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
