Abril 9
Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo (Salmos 23:4).
La forma de este salmo es instructiva.
En los primeros tres versículos David se refiere a Dios como “El”.
El Señor es mi pastor
[Él] me hace descansar
[Él] me conduce
Él restaura mi alma.
Después, en los versículos 4 y 5, David se refiere a Dios como “Tú”:
No temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo;
Tu vara y Tu cayado me infunden aliento.
Tú preparas mesa delante de mí…
[Tú] has ungido mi cabeza con aceite;
Luego, en el versículo 6, regresa a la tercera persona:
Y en la casa del Señor moraré por largos días.
La lección que aprendemos de este formato es que no es bueno hablar por mucho tiempo acerca de Dios sin hablarle a Dios.
Cada cristiano es por lo menos un teólogo principiante, es decir, una persona que trata de entender el carácter y los caminos de Dios y luego lo expresa en palabras. Si no somos pequeños teólogos, entonces no nos hablaremos unos a otros acerca de Dios y nos ayudaremos muy poco en la fe unos a otros.
Lo que he aprendido de David en el Salmo 23, y en otros salmos, es que debería entrelazar mi teología con mis oraciones. Debería interrumpir frecuentemente mis conversaciones acerca de Dios con palabras dirigidas a Dios.
No mucho después de la frase teológica que dice: “Dios es generoso”, debería venir la frase en oración: “Gracias Señor por Tu generosidad”.
Inmediatamente después de: “Dios es glorioso”, debería seguir: “Adoro Tu gloria”.
Esta es la manera en que debe ser, si es que sentimos la realidad de Dios en nuestro corazón y también la describimos con nuestros labios.
