Febrero 2
“Aconteció que estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de Sus discípulos: ‘Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó también a sus discípulos’”. Lucas 11:1
Nuestra comunión con Dios por medio del Señor Jesucristo se expresa principalmente en nuestras oraciones. Ellas dan evidencia de nuestra relación con Él. Él no solo nos habla mediante Su Palabra, sino que también nos ha confiado el asombroso privilegio de comunicarnos con Él en la oración.
La Escritura nos brinda múltiples relatos de la propia vida de oración de Jesús. Mientras más nos familiaricemos con estos registros, más nos daremos cuenta de que Jesús trataba la oración como un hábito sagrado. Él oraba de manera regular durante las primeras horas de la mañana para colocar ante el Padre Sus planes para el día. Orar en un lugar silencioso y solitario permitía a Jesús seguir la voz de Su Padre en medio del ruido de las muchedumbres e incluso de las peticiones de Sus discípulos. La oración formaba el contexto o el marco de todas las decisiones que tomaba.
La rutina de oración de Jesús movió a Sus discípulos a pedirle: “Señor, enséñanos a orar”. Evidentemente, ellos estaban impresionados por Su intensidad y enfoque, y esto creó en su corazón un hambre por una intimidad similar con el Padre.
En respuesta a Su petición, Jesús les enseñó que no debían usar “repeticiones sin sentido” ni pensar “que serán oídos por su palabrería” (Mt 6:7). En otras palabras, al orar, no debemos balbucear ni hablar monótonamente. En cambio, en el ejemplo que Jesús dio (el Padre Nuestro), descubrimos que los hijos espirituales de Dios son libres para dirigirse a Dios simple y directamente como Padre celestial.
Y, ¿por qué debemos orar? Para comenzar, debemos pedir que el nombre de Dios sea honrado como lo merece, para que traiga Su reino en nosotros y a nuestro alrededor y para que supla nuestras necesidades diarias. Debemos admitir nuestra necesidad diaria de arrepentimiento, de extender perdón a otros y nuestra dependencia en Dios para lidiar con la tentación. En nuestras oraciones, Jesús explicó, debemos buscar y pedir ver la gloria y la gracia de Dios en medio de la vida diaria.
En nuestro peregrinar cristiano, es posible que no exista nada más importante (ni más difícil de mantener) que una vida de oración significativa. Sin embargo, aquí encontramos ayuda. Si Jesús, el Hijo divino de Dios, tuvo necesidad de orar, entonces también tú y yo la tenemos. Ese pensamiento solemne debería movernos a arrodillarnos. Y, una vez ahí, podemos emplear libremente el Padre Nuestro como una ayuda para nuestra propia oración. Dios te ha dado el gran privilegio de acercarte a Él en oración y de dirigirte a Él como Padre. Él está listo para escuchar y para ayudarte. Asegúrate de tratar la oración como un hábito sagrado y nunca como un extra opcional.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
