Abril 5
“Ahora pues, si en verdad escuchan Mi voz y guardan Mi pacto, serán Mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque Mía es toda la tierra”. Éxodo 19:5
La obediencia ha pasado de moda. Pero es fundamental en la vida cristiana.
No es raro que escuchemos incluso a las mejores personas expresar una actitud negativa hacia la autoridad, pues vivimos en una época anti-autoridad. Dentro de la iglesia, lo que antes se consideraba una visión sagrada de la autoridad de las Escrituras no permanece felizmente en la mente de algunos. Sin embargo, al tratar de encontrar la libertad en nuestros propios términos y al margen de la autoridad de Dios, también nos alejamos de Su bendición.
Cuando Adán y Eva desobedecieron el mandato de Dios en el huerto del Edén, fueron separados de Él; perdieron la bendición de Su presencia. El rechazo de la ley de Dios siempre ha provocado, y siempre provocará, la separación de nuestro Hacedor y la pérdida de Sus bendiciones. Por el contrario, la restauración del gobierno de Dios siempre trae consigo la bendición de la comunión y el compañerismo que Dios diseñó para Su pueblo.
Esta promesa del gobierno de Dios y la bendición se cumplió durante la historia de Israel en la entrega de la ley de Dios. La obediencia de los israelitas a la ley no pretendía ser un intento desesperado de lograr la salvación; más bien, era una respuesta a la salvación que ya se había logrado para ellos. Dios primero bajó y tomó a Su pueblo, redimiéndolo y liberándolo de la esclavitud en Egipto, y después les dio la ley. En otras palabras, Dios no dio la ley como un mecanismo de redención ni la entregó como un camino para convertirse en uno de los miembros de Su pueblo. En cambio, habiendo redimido a los israelitas, les dio la ley como un conducto de Su gracia para que pudieran saber cómo vivir bajo Su gobierno y disfrutar verdaderamente de Su bendición. Si ese principio se invierte, todo va mal. Viviremos nuestras vidas en la feroz garra del legalismo, pensando todo el tiempo que nuestros esfuerzos pueden ponernos en una posición correcta ante Dios. Pero igualmente, si olvidamos que Dios nos salvó para que pudiéramos disfrutar de la vida bajo Su gobierno, y continuamos ignorando Sus leyes siempre que no se adapten a nuestros propósitos, entonces viviremos preguntándonos por qué la bendición parece inalcanzable.
La ley de Dios no salva, sino que es “la ley perfecta, la ley de la libertad”, y el que la obedece “será bienaventurado en lo que hace” (Stg 1:25). Como personas rescatadas por Dios del pecado, debemos responder a Su salvación eligiendo caminar en alegre obediencia.
Cuando andamos con Dios,
Escuchando Su voz,
Nuestra senda florida será:
Cumpliremos Su Ley
Porque es nuestro Rey,
Y Su amor siempre nos guiará¹
1 John H. Sammis, “Cuando andamos con Dios” (1887).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
