Enero 26
“Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia”. Efesios 4:31
La mayoría de nosotros sabemos lo que es despertarnos con la idea en la mente de que la vida no es ni de cerca lo que quisiéramos que fuera. Tal vez te sentiste así al despertarte hoy. Es posible que estemos enfrentando días especialmente difíciles en lo físico, emocional, relacional, financiero e incluso espiritual y, como resultado, nos vemos tentados a desilusionarnos. ¿Qué debemos hacer?
Un punto de inicio útil es pedirle a Dios Su protección de tres fuentes poderosas de problemas espirituales, los tres “asesinos silenciosos” de la amargura, el enojo y la autocompasión. Estas tres cosas estrangularán lentamente nuestra fe y se desbordarán en envidia y malicia hacia los que tienen lo que tanto deseamos. Por tanto, en esas situaciones que quizá solo nosotros y Dios conozcamos, necesitamos Su ayuda para responder con corazón sensible y no con espíritu áspero.
En su carta a los creyentes de Éfeso, Pablo los animó (de hecho, les ordenó) a desechar toda amargura, enojo e ira. Aunque es más fácil decirlo que hacerlo, el mandamiento de Pablo en sí mismo es directo. De hecho, nunca hay un mandamiento en la Palabra de Dios que no podamos obedecer, sin importar qué tan difícil nos parezca, porque Dios siempre da el poder para cumplir lo que Él manda. Por esto, si Él dice: Deshazte de algo, tú y yo podemos estar seguros de que Él puede aplicar el poder de Su Espíritu en nuestra vida para que podamos hacer lo que Él nos ordena. Si vivimos con amargura, resentimiento o autocompasión en nuestro corazón, entonces los únicos culpables somos nosotros mismos. Aunque quisiéramos hacerlo, no podemos atribuirle la responsabilidad a Dios.
Una mujer que pudo haber argumentado que sus circunstancias legitimaban estos tres sentimientos ponzoñosos fue Ana, cuya historia leemos al principio de 1 Samuel. Ella debió haber luchado contra cada uno de ellos con cada mes que pasaba sin quedar embarazada, y cada vez que el nuevo día traía las provocaciones de la segunda esposa de su marido y la presencia de los hijos que Dios le había dado a esa otra mujer. Sin embargo, ella tomó sus frustraciones y su tristeza e hizo algo bueno con ellas: oró. Derramó su corazón ante Dios. Y, sabiendo que había sido escuchada, regresó a casa en paz. Aunque, en ese momento, su cuerpo permanecía infértil y sus circunstancias no habían cambiado, su espíritu había sido liberado por su Padre celestial.
Dios protegió a Ana de los asesinos silenciosos de la amargura, el resentimiento y la autocompasión, y Él nos protegerá de ellos también. Por lo tanto, no necesitas permanecer despierto en las noches, intentando asegurar que tu vida funcione como quieres. Y no necesitas ser dominado por ese sentimiento abrumador al levantarte a otro día de circunstancias no deseadas. En cambio, puedes utilizar esos momentos para aprender el valor de dejar las preguntas de tu corazón y las situaciones que no entiendes en el cuidado de Dios… después de todo, allí es exactamente donde pertenecen.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
