Marzo 13
“Entre ustedes se operaron las señales de un verdadero apóstol, con toda perseverancia, por medio de señales, prodigios, y milagros”. 2 Corintios 12:12
Cuando pensamos en la época inmediatamente después de la resurrección y la ascensión de Cristo, cuando los discípulos florecieron en el ministerio y nació la iglesia, es fácil imaginar las “señales, prodigios y milagros” que se realizaron, y desear haber estado allí para verlas para que nuestra fe fuera fortalecida y nuestro ministerio impulsado por ellas.
Sin duda, tanto la calidad como la cantidad de los eventos sobrenaturales en ese tiempo fueron especiales e irrepetibles. Los apóstoles estaban dotados por Dios de manera que los cristianos contemporáneos no lo están. Pero es importante notar que la iglesia primitiva no hacía de estas experiencias la piedra angular de su fe. No podemos enfocarnos exclusivamente en los milagros y perder de vista su contexto: los que eran llenos del Espíritu de Dios inmediatamente se preocupaban por entender y proclamar la Palabra de Dios que les daba poder para tener “toda perseverancia” o, como algunas traducciones lo dicen, “toda paciencia”, en su vida. Lo que edificó la iglesia no fue tanto los milagros de los apóstoles como su perseverancia fiel y valerosa.
Pablo no quería que el enfoque de su ministerio estuviera en los muchos prodigios que había hecho ni en las grandes pruebas que había soportado, sino en la fe determinada que Dios le había dado y en las verdades que predicaba. Al observar el ministerio de Pablo, ver sus cargas y escuchar los clamores de su corazón, es fácil para nosotros darnos cuenta de que las señales y prodigios que Dios realizó a través de él no tenían el objetivo de ser las exhibiciones ostentosas de algún espectáculo cristiano. En cambio, surgieron del sufrimiento y de la adversidad, ocurrieron en una vida que estaba estirada al máximo y resaltaron la verdad del mensaje que estaba siendo predicado.
Conocer este contexto habría hecho que los seguidores de Pablo no se preguntaran tanto cómo realizaba tales milagros, sino cómo podía demostrar una fe tan constante. ¿Cómo podía seguir adelante con “toda perseverancia” en medio del sufrimiento? Solo por su fe en Jesucristo y por su conocimiento de la Palabra de Dios. ¿Qué nos da la capacidad de enfrentar las pruebas de la vida cristiana con perseverancia paciente? ¿Los milagros, señales, prodigios? No. Aunque el favor especial de Dios pueda ayudarnos en algún momento, un entendimiento sólido y empírico de los fundamentos de la doctrina cristiana es lo que sin duda será lumbrera a nuestro camino cuando todo lo demás se oscurezca (Sal 119:105), será la raíz de una fe profunda y un ancla para nuestra alma (Heb 6:19). Cuando la verdad de Dios se asienta en corazón y mente, podemos decir con confianza: “¡Cuán firme fundamento, oh, santos del Señor, hay para la fe en Su excelsa Palabra!”.¹
¿Qué te sostendrá? No son las experiencias externas, sino la fe interna. La obra del Espíritu dentro de ti siempre será un milagro más grande que cualquier cosa que Dios pueda hacer a tu alrededor. Que los demás vean en ti, no solo lo que Él obra en tu vida, sino también tu paciencia profunda en las pruebas y el poder de Su Espíritu mientras te sometes a la verdad de Su Palabra.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
