Mayo 5
«Haciendo un látigo de cuerdas, echó a todos fuera del templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó las monedas de los que cambiaban el dinero y volcó las mesas… Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: ‘El celo por Tu casa me consumirá'» Juan 2:15, 17
Un padre tendría razón en arder con ira justa si descubriera que las drogas están destruyendo la vida de su hijo. Nadie esperaría que ignorara esta devastación como si no tuviera importancia. No; esperaríamos más bien que hiciera todo lo necesario por extirpar ese mal y asegurarse de que su hijo sea restaurado.
Cuando Jesús, el Hijo de Dios, entró a la casa de Su Padre en la tierra, el templo de Jerusalén, y miró aquella escena, sintió dolor. Un lugar diseñado para adorar a Dios había sido convertido en uno donde se adoraba el dinero. Un lugar diseñado para llamar al mundo a conocer al Dios vivo se había convertido en uno que mantenía a las naciones a distancia. Consideró algo intolerable que tanto el nombre de Dios como la gloria de Dios fueran mancillados. No hay razón por la que debamos quedarnos al margen e intentar mitigar las acciones de Jesús. La santa ira de Cristo se encendió con celo y con pureza. Este no era el momento para una conversación civilizada.
Jesús sabía exactamente por qué estaba el templo allí. Era el lugar para encontrarse con Dios. Estaba diseñado para que fuera el gozo de toda la tierra. En cambio, lo que encontró era totalmente opuesto en propósito y, con Sus palabras y acciones, dejó eso perfectamente claro.
Lo interesante es que, cuando los fariseos enfrentaron después a Jesús, no retaron Sus acciones, sino Su autoridad. Jesús respondió a este reto con una afirmación desconcertante: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré» (Jn 2:19). Juan explica que el templo al que se refería era Él mismo (v. 21). Un día, Jesús regresaría a Jerusalén, no a visitar el sitio del templo, sino a dar Su propio cuerpo y sangre como el sacrificio completo y final por nuestros pecados, para después resucitar a nueva vida y reinar para siempre. Fue con esa autoridad que estaba marcando con claridad la diferencia entre lo que Dios había diseñado que el templo fuera y en lo que se había convertido.
Así que aquí nos enfrentamos con un Jesús radical que responde con celo y una actitud protectora al asunto de la gloria de Dios. Este Jesús no es manso ni calmado; no es un Jesús que siempre dice que sí y que nunca reta a nadie. Él es el Gran Sumo Sacerdote que vino, no solo a limpiar el recinto del templo, sino también a limpiar nuestro corazón y a tratar con nuestra enemistad hacia Él. En Él, el templo verdadero, Dios ha edificado «casa de oración para todos los pueblos» (Is 56:7).
Por tanto, mira con nuevos ojos a Jesús, quien se negó a comprometer Su pasión por la gloria de Dios y, en cambio, abrió el camino para que las naciones lo adoraran de manera correcta. Mira con nuevos ojos a Jesús, quien utilizó Su autoridad y perfección para tomar voluntariamente nuestro lugar y llevar en Su cuerpo nuestro castigo para que nosotros pudiéramos ser restaurados. Mira con nuevos ojos a Jesús, de cuya gracia sublime eres beneficiario. Y permite que Su celo por la gloria de Dios se vuelva también tuyo.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
