Abril 4
Simón, Simón, mira que Satanás los ha reclamado a ustedes para zarandearlos como a trigo; pero Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y tú, una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos (Lucas 22:31-32).
¿Y qué pasó con los otros diez apóstoles (sin contar a Judas)?
Satanás también los iba a zarandear. ¿Acaso Jesús oró por los otros diez?
Sí, lo hizo, pero no le pidió al Padre que guardara la fe de ellos de la misma manera en que pidió por la fe de Pedro.
Dios rompió la columna vertebral l del orgullo y la autosuficiencia de Pedro esa noche en la agonía del ataque satánico, pero no lo dejó ir. Hizo que volviera y lo perdonó, restauró y fortaleció su fe. Y ahora la misión de Pedro sería fortalecer a los otros diez. “Una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos”.
Jesús ayudó a los diez ayudando a Pedro. El fortalecido se convierte en el fortalecedor.
Aquí hay una gran lección para nosotros. Algunas veces Dios lidia con nosotros directamente, fortaleciendo nuestra fe estando solos en la madrugada. Pero la mayor parte de las veces (podríamos decir diez de cada once veces), Dios fortalece nuestra fe por medio de otra persona.
Dios nos envía algún Simón Pedro, quien nos da las palabras de gracia precisas que necesitamos para seguir en la fe: algún testimonio sobre cómo “el llanto puede durar toda la noche, pero a la mañana vendrá el grito de alegría” (Salmos 30:5).
La seguridad eterna es un proyecto comunitario. Cuando Dios anime tu corazón con la promesa de que en medio del zarandeo de Satanás tu fe no fallará, toma ese estímulo y duplica tu gozo al usarlo para fortalecer a tus hermanos y hermanas, con la misma fuerza con la que has sido fortalecido.
