Marzo 20
“Rogamos que ustedes sean fortalecidos con todo poder según la potencia de Su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia, con gozo dando gracias al Padre que nos ha capacitado para compartir la herencia de los santos en la Luz”. Colosenses 1:11-12
Casi todo el mundo aprecia un buen regalo. Una familia, libertad, tiempo libre, una cama calentita y una bebida refrescante mueven nuestro corazón a sentirse agradecidos, y podemos expresar con naturalidad al menos una medida de gratitud por estas cosas. “Gracias” es una palabra que aprendemos desde jóvenes.
El evangelista estadounidense Jonathan Edwards hizo una útil distinción entre lo que él llamaba “gratitud natural” y “gratitud de gracia”.¹ La gratitud natural comienza con las cosas que nos son dadas y con los beneficios que las acompañan. Cualquiera puede mostrar gratitud natural. Sin embargo, la gratitud de gracia es muy diferente, y solo los hijos de Dios pueden experimentarla y expresarla. La gratitud de gracia reconoce el carácter, la bondad, el amor, el poder y las excelencias de Dios, sin importar los dones ni los placeres que Él nos ha dado. Sabe que tenemos razón para estar agradecidos con Dios, haya sido un día bueno o malo, estemos con empleo o sin él, ya sea que las noticias diarias sean alentadoras o abrumadoras, que estemos con plena salud o enfrentando un diagnóstico terminal. Esta gratitud solo puede ser descubierta por gracia y es la marca verdadera del Espíritu Santo en la vida de una persona. La gratitud de gracia nos permite enfrentar todas las cosas con una conciencia de que Dios está profundamente involucrado en nuestra vida y circunstancias, porque Él nos ha hecho objetos especiales de Su amor.
Cuando Jonathan Edwards murió como resultado de una vacuna contra la viruela, Sarah, su esposa, escribió a su hija: “¿Qué diré? Un Dios santo y bueno nos ha cubierto con una nube oscura”. Observa la honestidad de la afirmación. No es un triunfalismo superficial. Sin embargo, su esposo no le fue quitado por azar; la soberanía total de Dios determinó que era el momento adecuado para llevárselo a casa a recibir su recompensa eterna. Así que Sarah continuó: “Pero mi Dios vive; y Él es dueño de mi corazón… Todos estamos consagrados a Dios; y allí estoy yo, y disfruto estar”.²
En medio del dolor, nunca podríamos hablar palabras como estas con simple gratitud natural que no nos puede ayudar en una pérdida. Este reflejo solo puede fluir de la gratitud de gracia. Puedes estar enfrentando circunstancias difíciles o aun desgarradoras en este momento; si no es así, entonces ese día llegará, pues vivimos en un mundo caído. No obstante, en esos momentos, puedes aferrarte al amor de Dios y escoger confiar en Su bondad, expresada de manera más clara en la cruz. Entonces, incluso en los momentos más oscuros, conocerás el gozo de Su presencia y siempre tendrás razones para agradecerle. Hay fuerza, dignidad y adoración en poder decir: “El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor” (Job 1:21).
1 “A Treatise Concerning Religious Affections, in Three Parts,” [“Un tratado sobre los afectos religiosos, en tres partes”] en The Works of Jonathan Edwards [Obras de Jonathan Edwards], ed. Sereno Dwight, revisado y corregido por Edward Hickman (1834; reimp. Banner of Truth, 1979), 1:276.
2 Sarah Pierpont Edwards a Esther Burr, 3 de abril, 1758, en Memoirs of Jonathan Edwards [Memorias de Jonathan Edwards] por Sereno Dwight, en Edwards, Works [Obras], 1:clxxxix.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
