Febrero 8
Den al Señor, oh familias de los pueblos, den al Señor gloria y poder (Salmo 96:7).
Esta es, al menos en parte, la experiencia a la que se refiere el salmista cuando dice: “den al Señor… poder”. ¿Qué hacemos cuando damos “al Señor… poder”?
Primero, por la gracia de Dios, prestamos atención a Dios y vemos que Él es poderoso. Prestamos atención a Su poder. Luego aprobamos la grandeza de Su poder y le damos el respeto que merece por Su valor.
Nos damos cuenta de que Su poder es asombroso. Pero lo que hace que este asombro sea un tipo de maravilla que se da (“den al Señor… poder”) es que estemos especialmente contentos de que esta grandeza en poder sea de Él y no nuestra.
Sentimos una profunda satisfacción en el hecho de que Él sea infinitamente poderoso y no nosotros. Amamos esa verdad. No envidiamos a Dios por Su poder. No codiciamos Su poder. Estamos llenos de gozo de que toda la fuerza sea Suya.
Todo nuestro ser se goza al contemplar este poder como si hubiéramos llegado a la celebración de la victoria de un corredor de fondo que nos ganó en la carrera, y sintiéramos el gozo más grande al admirar Su fortaleza, en lugar de resentir nuestra derrota.
Encontramos el significado más profundo de la vida cuando nuestro corazón se abre libremente a admirar el poder de Dios, en lugar de volcarnos hacia adentro y jactarnos, incluso pensar, en el nuestro. Descubrimos algo impresionante: es profundamente gratificante no ser Dios, y desistir a todos nuestros pensamientos y deseos de ser Dios.
Al prestar atención al poder de Dios, aumenta nuestro entendimiento de que Dios creó el universo con este motivo: que pudiéramos tener la experiencia supremamente gratificante de no ser Dios, sino de admirar la divinidad de Dios, el poder de Dios. Nos invade una tranquila sensación de que la admiración por lo infinito es el fin supremo y satisfactorio de todas las cosas.
Nos estremece pensar en la mínima tentación de atribuirnos cualquier poder como si viniera de nosotros. Dios nos creó débiles para protegernos de eso: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros” (2 Corintios 4:7).
¡Oh, cuán grande amor es este, que Dios nos proteja de reemplazar las alturas de la eterna admiración de Su poder con el intento vano de jactarnos en el nuestro!
Devocional tomado del libro “How Do You ‘Give’ God Strength?”.
