Abril 2
“El que hablaba conmigo tenía una vara de medir de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. La ciudad está asentada en forma de cuadro, y su longitud es igual que su anchura. Y midió la ciudad con la vara, 12,000 estadios (2,160 kilómetros). Su longitud, anchura, y altura son iguales”. Apocalipsis 21:15-16
En el pasado, Dios habitaba en medio de Su pueblo, Israel, en el templo de Jerusalén, pero este fue destruido. Después de la destrucción del templo a manos del rey Nabucodonosor de Babilonia, Dios prometió que construiría un nuevo templo (Ez 40 – 43). Aunque se construyó un segundo templo en Jerusalén, fue una sombra del primero y claramente no fue el cumplimiento de esa promesa (Hg 2:2-3), una promesa que se cumplió finalmente en la vida, muerte, resurrección y ascensión de Jesús (Jn 2:19-22).
En el templo, la presencia de Dios se concentraba en el Lugar Santísimo, un santuario interior construido como un cubo perfecto. Solo se permitía la entrada a un hombre, y este, el sumo sacerdote, solo podía entrar una vez al año. Luego, siglos más tarde, y con ese primer templo siendo nada más que un recuerdo lejano, el apóstol Juan recibió esta visión de la nueva ciudad del reino eterno de Dios, y es retratada como un cubo perfecto, pero ahora no como uno que cabría en un edificio de una ciudad del Medio Oriente sino uno con un área tan grande como el mundo conocido de los días de Juan.
En la nueva creación no habrá ningún lugar particular donde se concentre la presencia de Dios. No habrá ningún edificio especial que visitar si queremos encontrarnos con Él, porque no habrá distancia entre Dios y nosotros. Juan dice: “no vi en ella templo alguno” (Ap 21:22) porque, en ese día, el Señor estará allí, plena y espectacularmente de una manera que aún no podemos comprender; y por eso todo será espacio de templo. Se trata de una imagen radical de algo totalmente nuevo: una transformación en circunstancias tan vastas, ricas y amplias que, como dice el apóstol Pablo, no podemos imaginar “Las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman” (1Co 2:9).
Si estamos unidos a Cristo, la presencia de Dios está con nosotros a través del Espíritu Santo. Sin embargo, nuestro conocimiento de Dios y nuestra intimidad con Él siguen siendo limitados. Nuestro estado actual no es ciertamente todo lo que podemos desear, ni tampoco todo lo que Él quiere para nosotros. Eso está por venir, y vendrá.
¿Vives con la ansiosa expectativa de esta inimaginable intimidad con Dios? Si estás anticipando sinceramente esta morada permanente con Dios, será evidente por la pureza de tu vida y por una preocupación apasionada por ver a tus amigos, parientes y vecinos llegar a conocer a Cristo. Sabiendo que tenemos esta gran esperanza, seremos purificados, así como Cristo es puro (1Jn 3:3), y no podremos evitar hablar a otros de Jesús, tanto con nuestra vida como con nuestros labios.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
