Abril 1
“Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo”. Romanos 8:23
La experiencia cristiana es maravillosa y desafiante a la vez.
Hemos recibido el perdón. Somos adoptados en la familia de Dios. Disfrutamos de un compañerismo que va más allá de la afinidad natural. Poseemos la esperanza segura del cielo, que nos hace tener una expectativa alegre. Tenemos el Espíritu Santo, Dios mismo, quien habita en nosotros. Sin embargo, no estamos alejados de las realidades de la vida en este mundo caído. Conocemos la frustración, la angustia, la desilusión y los gemidos.
Mientras vivimos aquí en la tierra, tenemos una pequeña muestra del cielo, pero todavía no estamos allí.
El cristianismo no nos hace inmunes al deterioro o al pecado. Nos enfermamos y nuestros cuerpos fallan. Seguimos luchando con el pecado y encontramos oposición a nuestra fe. De hecho, como decían los teólogos de Westminster en el siglo diecisiete, el cristiano está involucrado en “una guerra continua e irreconciliable” contra el pecado.¹
Es posible que nos enredemos en todo tipo de nudos espirituales y teológicos sobre nuestra continua batalla contra el pecado. Podemos preguntarnos: “¿por qué sigo desobedeciendo?”. En esos momentos, tú y yo necesitamos recordar los “tres tiempos” de la salvación, que resumen la obra de Dios en la vida del cristiano.
Si estamos escondidos en Cristo, entonces hemos sido salvados del castigo por el pecado. No tenemos nada que temer en el día del juicio porque Jesús, con Su muerte en la cruz, llevó nuestros pecados y enfrentó el castigo en nuestro lugar. En el presente, estamos siendo salvados del poder del pecado. Es un ministerio divino en curso; ninguno de nosotros estará nunca libre de pecado de este lado del cielo, pero Dios está trabajando en nosotros, permitiéndonos decir no a lo malo y sí a lo bueno. Y finalmente, llegará un día, cuando Cristo regrese, en el que seremos salvados de la presencia misma del pecado.
De vez en cuando tenemos una pequeña muestra del cielo que nos hace anhelar lo que está por venir. Por eso Pablo dice que “gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente… la redención de nuestro cuerpo”. Deberíamos esperar el regreso de Cristo con una expectativa celosa.
Como cristianos, salimos al mundo como ciudadanos del cielo, viviendo por el momento como extranjeros y forasteros. Pero no tendremos que vivir fuera de casa para siempre. Un día, Jesús volverá, y cuando lo haga, nos llevará para reunirnos con Él, en nuestros cuerpos resucitados, en Su reino perfecto. Hoy, no vivas como si esto fuera todo lo que hay. Mira hacia adelante, porque tus mejores días están aún por venir. Todavía no estás ahí, pero seguro que un día lo estarás.
¹ La Confesión de Fe de Westminster 13.2.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
